Alberto Herazo Palmera

Por Carlos Augusto Rojas C.

Alberto Herazo Palmera fue de las primeras personas que conocí a mediados de 1996, cuando tuve la fortuna de llegar a Valledupar de la mano de la entonces Senadora María Cleofe Martínez. Ella me lo presentó primero, y su padre, dr Aníbal Martínez Zuleta, me lo volvió a presentar unos días después, en ambos casos con emotiva introducción cargada de los más selectos adjetivos sobre la personalidad de Alberto, y como lógica consecuencia en mi quedó la sensación de que acababa de conocer a un gran caballero, a un gran señor.

En efecto, caballerosidad y señorío era lo que desplegaba Alberto Herazo en todas las facetas de su vida y en todo lo que hacía: como arquitecto, como ciudadano, como vallenato amantísimo de su ciudad, como contertulio, como columnista del periódico local, en fin, como un ser humano extraordinario.

Ante la partida definitiva de Alberto hacia la eternidad, en medio de esta pandemia que cada día trae nuevas noticias dolorosas, uno no sabe a quién expresar las condolencias, si a su familia inmersa en la tristeza o a su Valledupar del alma o a la vallenatía en la profunda connotación de esa bella palabra, o a todas sumadas, familia, ciudad y espíritu vallenato. A todas, como un todo, por supuesto.

Foto del archivo personal de María Cleofe Martínez, en la que aparece su padre con Alberto Herazo, enviada con una frase contundente: “fue un amigo leal en todos los episodios de mi vida pública”.

Montreal, 26 de agosto de 2020

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