Alvaro Salcedo Quintero, un maestro en el corazón

Homenaje en sus 82 años.

Por Carlos Augusto Rojas Castaño 

Alvaro Salcedo Quintero

De un momento a otro se nos apareció un nuevo maestro cuando apenas comenzábamos el segundo año de primaria en la escuela Primitivo Crespo, una de las mejores cuando en Roldanillo sólo había educación pública, y cuando la única -por decir algo-, “institución” privada era un preescolar que montó en su casa doña Laura Jaramillo de Mejía.

Roldanillo -un municipio ubicado en el norte del departamento del Valle del Cauca-, al comienzo de la década de los años 60 era un pequeño pueblo donde todo el mundo se conocía y donde no pasaba nada distinto a lo de todos los días, como si al reloj de la historia se le hubiera agotado la batería.

En agosto de 1962, el nuevo maestro irrumpió impetuoso en nuestro salón de clases de paredes blancas que estaba dotado con pupitres grises, dobles y aparatosos por su tamaño y por los materiales utilizados en su construcción: hierro y madera. Llegó con la energía propia de sus 22 años mal contados, y nosotros sentimos de inmediato que abrió su corazón ampliamente, como un ventanal. Era muy joven, en una época en que los maestros de escuela parecían casi todos a punto de jubilación y lucían cansados de tanto gastar tizas en los tableros de cemento.

Talvez por ser tan joven a cargo de una responsabilidad de viejos, Alvaro Salcedo Quintero se fue metiendo con facilidad asombrosa en nuestra piel, y lo más importante, en nuestros tiernos corazones infantiles. Y se metió con todo, para quedarse y para jamás salir de ellos ni siquiera cuando muchos años después cada uno de nosotros agarró su camino y lo dejamos en el pueblo siguiendo su propia ruta de la vida.

Lo maravilloso del asunto no era que en “sus” alumnos hubiera nacido el sentimiento de que él era “nuestro” maestro, sino que ese curioso concepto de propiedad privada estaba sustentado con reciprocidad digna de un amor a primera vista como los flechazos de cupido.

“Don Alvaro” le decíamos, conscientes de que ese “don” no encajaba muy bien en una persona con edad más próxima a los veinte años que a los treinta, o sea que hubiéramos podido llamarlo simplemente Alvaro, pero los años 60 del siglo XX eran tiempos en que los alumnos sentíamos reverencia por los maestros, aunque -como en nuestro caso-, el maestro se mezclara de vez en cuando con sus alumnos en las jugarretas de la hora del recreo en el patio pavimentado de la escuela.

Hizo la primaria, de segundo a quinto, con nosotros, argumentando cada año ante el director de la escuela un imaginario “derecho” a seguir siendo el maestro de su grupo del alma, así como nosotros anualmente le pedíamos a Dios que nos correspondiera en el nuevo período lectivo el mismo maestro, como los jugadores de fútbol que se acostumbran al mismo entrenador.

El paso al bachillerato hubiera podido traer el rompimiento doloroso del idilio -para el cual no estábamos preparados ni él ni nosotros-, pero don Alvaro se las ingenió para obtener su traslado al colegio Belisario Peña Piñeiro y así convertirse en nuestro profesor de cualquier materia, no importaba cuál, aunque fuera -creo que comenzó con Educación Física-, porque en secundaria el pénsum estaba distribuido entre varios profesores, no concentrado en uno solo como en primaria. Y así avanzamos, fiel a nosotros y nosotros a él; orgulloso de nosotros y nosotros de él; haciéndonos falta él a nosotros y nosotros a él.

Pero la vida va pasando y a veces no nos damos cuenta del número de calendarios que van quedando desparramados a la vera del camino o colgados en los episodios buenos, regulares y no tan buenos de nuestro tiempo. En agosto del año 2020 -el del inicio de la pandemia-, durante una conversación telefónica con Omar Emiro Cabrera Pandales, miembro de aquel grupo escolar, me dijo que nuestro joven maestro de la escuela primaria cumplió en ese mes sus primeros 80 años.

En ese instante entré en deuda con Alvaro Salcedo Quintero, una nueva deuda para ser preciso, como las obligaciones bancarias acrecentadas con intereses. Con un artículo parecido a este que escribí en 2021 hice un pequeño abono a esa deuda y con este artículo dedicado a él con motivo de sus 82 años, espero ponerme al día y tal vez quedar a paz y salvo. También espero interpretar bien a los compañeros de esos años al exaltar la meritoria existencia de nuestro joven maestro, hoy convertido en un hombre venerable de la tercera edad, y al desearle más cumpleaños al lado de su Teresita de todas las horas, de todos los días, de siempre, fortalecidos -él y ella- con el inagotable amor de toda su descendencia.

Montreal, 14 de agosto de 2022

  1. Excelente viaje en el tiempo de nuestro amigo Carlos,
    un buen lector, es un buen narrador, en esta radiografía de tantos segundos arrumados en nuestros recuerdos, para un hombre maravilloso como Álvaro Salcedo Quintero.
    Que esos 82 años vayan cogidos de la mano de su imagen, de ese gran ser humano como Álvaro.
    Me uno a Carlos en este excelente viaje en el tiempo.
    Saludos Carlitos,
    saludos Álvaro.
    Un abrazo grandote desde la distancia ,desde Madrid(España)

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  2. Carlos Adriano Benitez Cuellar 11 agosto, 2022, 1:26 pm

    Un agradable escrito sobre un ser humano que recordamos con cariño porque hace parte de nuestra historia.

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  3. un cumpleaños.

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  4. Virgilio Mendez 11 agosto, 2022, 3:07 pm

    Excelente Dr Carlos A. Rojas C.

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  5. Excelente nota muy merecido homenaje a don Álvaro Salcedo…un gran maestro y amigo de sus alumnos

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  6. Balmore Herrera Millán 11 agosto, 2022, 4:07 pm

    Excelente artículo
    Reconocimiento de una meritoria labor de nuestro profesor Álvaro Salcedo Quintero, un excelente formador de juventudes, se distinguió por su vocación y apostolado de servicio.

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  7. Tengo muy gratos recuerdos y enseñanzas de Don Alvaro, aun recuerdo que nos enseño a tener orden en la vida y en nuestros quehaceres diarios, extraño ese pasado donde todos éramos iguales, respetuosos con los mayores y prestos a superarnos.

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  8. César Tulio Soto Santacruz 11 agosto, 2022, 7:33 pm

    Escrito placido, explicito entretenido lo lleva a uno a leerlo con tanta atención; al profesor Alvaro Salcedo que fue amigo, jovial profesor de educación fisica en el colegio Belisario P. P.
    Cómo pasa el tiempo, antes uno no está viejo, viendo al profe todo blanco, cabello, barba y le sale con la ruana blanca.
    Cuanto me alegro que le haya hecho este homenaje al profesor Alvaro.
    Un abrazo amigo coterrameo.

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  9. Me sentí muy conmovida con las palabras de gratitud y tan sentidas que escribiste para el profesor Alvaro Salcedo Quintero

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