Aprendamos de Valledupar

Por: Luis Paternina Amaya (Sincelejano)

Se caracterizan las vacaciones de Semana Santa por la reflexión para reencontrarse con uno mismo cuando la agresiva influencia del exterior ha conseguido que este sea más importante que el propio conocimiento de nuestro interior; y, también, por el análisis de la cotidianidad con miras a formular críticas que estimulen y conserven el buen comportamiento reflejado en obras de trascendencia social cuando nos fijamos en nuestros gobernantes o censuramos su pasividad, indiferencia o equívoco, siempre que abandonan sus promesas de campañas sin ruborizarse ante el paso del tiempo que, al final, ya no les alcanza para empezar.

En busca de una actitud contemplativa, pero reflexiva viajé a Valledupar a conocer sus monumentos, escudriñar de cerca su pasado y presente folclórico por la asombrosa penetración que ha ejercido en la geografía universal, y que tanto han superado fenómenos como el paramilitarismo y su antítesis la guerrilla.  De sus emblemáticos personajes que le han dado lustro al Cesar se habla sin parar y con orgullo, de sus artistas convertidos en pastores de una extraña religión, del paramilitarismo y la guerrilla concluyen de su inexplicable existencia mientras dos ilustres personas cuya extracción provienen de estirpes de reconocida solvencia familiar, orientaron la desafortunada guerra que para bien de la región pertenece al pasado aunque aún se dejan ver heridas que el pueblo vallenato ha ido sanando con trabajo y sin odios, ofreciendo un mensaje de paz propio de su condición y que jamás ha debido apartarse de su tradición históricamente mostrada.

Además de tener sus carreteras en buen estado, sus calles limpias y de un trazado que responde a una bien planificada ciudad, aunque me faltó precisar algunos datos en educación, salud y desempleo, me sorprendió la solución al enorme problema del mototaxismo que, igual a Sincelejo, se había convertido en meta prioritaria a solucionar por la contaminación auditiva, visual y ambiental que su rodamiento estaba produciendo, sin descartar el de salud pública por la elevada accidentalidad diaria y de seguridad por haberse convertido la moto en un instrumento del delito.

La gran diferencia con mi ciudad es que, no obstante tener conciencia de tan angustiante problema social, la solución radical que nos devuelva  la seguridad y la tranquilidad que estos automotores con su desordenada y ruidosa movilidad, no surge de ningún lado, solo tímidas medidas gubernamentales que a veces exaltan a motoristas energúmenos produciendo un caos que deja la sensación de existir un vacío en todas las autoridades que no encuentran la solución  mágica que ponga fin a tan aguda enfermedad social, tal como sí la consiguió Valledupar con un  problema igual o más agresivo que el de Sincelejo.

Recorrer las calles de aquel Valle sin el ensordecedor sonido de la moto que atrapa a carros, personas y animales, a visitantes y nativos es un verdadero placer que humanizó la ciudad y ha hecho de ella un ejemplo de comportamiento cívico dispuesto a conservarse brindando el apoyo a las autoridades para que continúen su cruzada de hacer de Valledupar más que acordeón.  A mi compadre Jairo Fernández Quessep, Alcalde de Sincelejo, lo invito a que le pegue una llamadita a su colega del País Vallenato indagando cómo hizo y en quien se inspiró para hacer de Valledupar la ciudad que percibí en la recién pasada Semana Santa.

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