Cinco Esquinas, novela de Vargas Llosa

Por: Luis Paternina Amaya

Aprovechando mi convalecencia con ocasión de un reciente padecimiento físico, leí sin parar y con deseos de conocer su desenlace, la última novela de Mario Vargas Llosa, “Cinco Esquinas”, que me obsequiara mi buen amigo Iván Acuña, seguramente con la intención de ayudarme a sobrellevar los ocios de una recuperación que afronto con optimismo y seguridad sin timideces. Descartando su probada técnica literaria que atrapa al lector sin soltarlo, presenta el contenido de la narración una descarnada descripción, a manera de denuncia, de los males que azotaron al país mientras lo gobernó Fujimori, que ni Colombia se salvó de referenciarnos como escenario del secuestro y el sicariato, así como recordarnos el suelo donde nació Pablo Escobar “El rey de la droga”, calificado por el nobel como “El hombre de El Doctor” allá en aquel país.

Es característica de la esencia del genero literario que ha hecho famoso al connotado escritor, el traer hechos que reflejan la realidad sin maquillarla ni esconderla detrás de ese andamiaje literario que lo retrata con un estilo único. Esta novela que tiene como escenario un barrio pobre de Lima, cuyos personajes se van entrelazando como piezas sociales que se articulan representando la función que ejerce cada quien desde los espacios que ocupan, ya como periodistas, artistas, empresarios, abogados, jueces, agentes de inteligencia y, desde el poder, al cual señala como “misterios pestilentes donde reina Fujimori y El Doctor” (Montesinos).

Pero, además de circunscribir tales hechos en realidades tangibles que forman parte de la historia del Perú, la ficción como otra cualidad de la novela, se pasea por sus páginas para, entre otras razones, enlazar al lector amarrándolo al interés por unos episodios por los cuales con vehemencia se le despierta conocer su fin. Denuncia entonces pobreza, inseguridad, mendicidad, chantaje, chismes, riqueza, orgías, traición, asesinatos, periodismo amarillista, corrupción, sexo, lesbianismo y tantos otros comportamientos que caracterizaron a la la sociedad limeña en aquel momento y que afortunadamente pertenecen3 al pasado, en la seguridad de que la inteligencia peruana no repetirá.

Me llama especialmente la atención la corrupción al interior del poder judicial, del poder político y del periodismo amparado en el escándalo porque es el “que más vende y es el mas moderno del mundo de hoy”. Características estas que son meras casualidades con lo que podría estar ocurriendo en nuestro país. Es que teniendo el Perú y Colombia los mismo colonizadores, el mismo padre de la patria y coincidentes pobladores indígenas, no es nada raro que también nos azoten los mismos bichos. Otra suerte tuviéramos si nos hubiéramos cruzado con ingleses o alemanes y no con españoles de quienes aprendimos a pelear gallo, jugar barajas, póker, echar suerte, torear, y a quienes le entregamos nuestras mas hermosas indígenas y todo el oro que permutamos por espejos y biblias que aun hoy nos tienen prisioneros de aquel dios inspirado en la ignorancia.

Es que “con el poder no se juega. Las cosas son siempre, al final, de vida o muerte cuando está en juego el poder”, sentencia uno de los personajes de la obra al ocuparse de los acontecimientos que lo taladran. Me pregunto, ¿Será de vida o muerte la lucha por alcanzar el poder que encarna la presidencia de Colombia y cuya campaña apenas se inicia?.

No me gusta el final feliz de la obra como lo bautiza el escritor, porque deja sin condena y con un tufillo de practica aceptable la traición que le juega el empresario a su mejor amigo el abogado al acostarse con su mujer, amiga de cama de la cónyuge del empresario quienes constituyen un trio que hace del sexo el sumum de los más exóticos placeres reservados a la condición humana aunque la tradición alimente la suma de las pasiones que experimentaron sin la presencia del moralista abogado que ignorando lo que acontecía fue fiel a sus tradiciones y formación recibidas de sus ascendientes.

Me queda el sabor de haber estado frente a una novela erótica por ratos largos, seguramente usada esta estrategia por parte del escritor como un gancho literario para que el lector no la abandone y, de paso, conozca la esencia de la novela reducida a las realidades que se denuncian para que historias así no se repitan por culpa de las ambiciones que arrastran todas las fronteras de la moral y la ética con tal de poseer los garfios del poder.

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