COSAS del VALLE

¡El Popular Maduro!

Alberto Muñoz PeñalozaPor: Alberto Muñoz Peñaloza

Una mañana de domingo, el entonces presidente de  Venezuela, Hugo Chávez Frías, anunció, desde su programa Aló Presidente, una serie de medidas gubernamentales y al tiempo que mostraba orgulloso la plantación de banano –desde la cual originaba la edición- se desparramó en elogios a la agricultura veneca y se detuvo en la descripción, con pelos y señales, del dulce que ya degustaba. Que textura, que ricura, es que este plátano nuestro produce lo mejor, en harinas, postres, jaleas, mermeladas, golosinas, bebidas, vinagre, almidón y derivados. Me resultó fácil recordar los sembrados de plátano serrano en las fincas de mi abuelo y los que veíamos cerca de la cuarta y más allá del río, en nuestro tiempo de muchachos. Era muy próspero el del mocho Fermín y allá nos presentamos, aquella tarde de octubre, en busca de grillos, que el profesor Enrique Vega, exigía en nuestro glorioso Ateneo el Rosario, para poder hacer el examen de biología. Cuando el mocho entró a su predio y vio los destrozos para hacernos al grillaje, pisoteándole meloncillos y ahuyaminas, desenvainó aquel machete descomunal, Collins para más señas, e inició la persecución “en caliente”. Mis amigos, Jorge García Oñate, Varo Céspedes, Heberth Maldonado, Efraín “camperucho” Quiroz  y Machindio Aroca, cruzaron raudos la frontera de púas mientras que este humilde gigante quedó prensado, horizontalizado y atrapado por Fermín quien hervía de la piedra. A punto de descabezarme, recapacitó a tiempo y pude reanudar la marcha de regreso, con mis grillos sanos y salvos. Cuando llegamos a las primeras casas, habiéndome asado el susto, un breve chapuzón en el pozo Guatapurí amainó la situación.

Años después, Chávez le anunció a Venezuela y al mundo que quien lo reemplazaría en el ejercicio presidencial sería Nicolás Maduro Moros, en gracia de su lealtad, activismo izquierdista y la experiencia en el desempeño de cargos importantes como la vice presidencia, ministro de relaciones exteriores, diputado y antes como escolta de José Vicente Rangel, conductor, etc. Este hombre continúa hoy al frente del gobierno y, pese a las múltiples dificultades, sigue firme en su gestión. Algunos afirman que es colombiano y para martirizarlo anuncian pruebas que lo demostrarían. No obstante, mi amigo Rafa Saballet, quien viaja con frecuencia al vecino país, lo niega, de manera tajante, y sustenta su decir en el bigote. Ese bigote achinado no es nuestro, cuándo podría compararse con el de Serpa o con el que caracterizó por muchos años a Ricardo Gutiérrez Gutiérrez ni mucho  menos con el de Miguel López, el de La Paz. 

Cuando se algo de Nicolás, recuerdo enseguida las visitas con mi mamá a la señora Sixta Villero, esposa del señor Basilio y de modo puntual una que hicimos en lunes santo. Sobre la mesa de madera se extendía una planicie de pasta color uva, mientras que Minda, la protegía de moscas, hormigas y humanos. A mi pregunta, respondió como látigo: es el dulce de maduro para jueves y viernes. El de papaya, en tajadita, lo hicimos anoche. Ahí me quedé y pude apreciar los movimientos y la labor encaminada a darle forma a uno de los mejores productos que tiene nuestra tierra: el dulce de maduro. De ahí en adelante, nos ennoviamos con su textura amable, con esa sonrisa cómplice que regalaba desde la vitrina de la “Ino”, cuando completábamos los veinte centavos para comprarlo, en el callejón de la purrututú; con la orondez con que aceptaba el estiramiento a lo largo de la tostada y sin timideces lo disfrutaba también en el túnel del pan de sal tubular. En la tienda de Suárez, se conseguían a tres en veinte centavos, consumidos los cuales nos les pegábamos a la manguera en la terraza de Isidro Barrios, como quien dice, para honrarlo con el mejor bajante.

Quién dijo miedo después. Me di las manos con dulces de maduro gigantes como los que se expendían, con el tradicional turrón de leche, en el Súper nocturno, el palacio gastronómico de la siempre querida Aminta Monsalvo. Aprendí a conversarle mientras miguiteaba los restos de turrones y maduros, en la bandeja, ganándole la partida a hormigas trasnochadas y en plena ratificación de la grandeza humana de valorar lo poco cuando no se cuenta con más. El precepto bíblico lo ratifica si eres fiel en lo poco, en lo mucho serás colocado.

Esa mujer tan especial que fue Elí Villero, su hija María Castilla y la gran Lulo, mantuvieron un matriarcado gastronómico, cuyo epicentro fue el horno -como rey silencioso- de donde afloraron las célebres arepita e qequi merengue chiricana y dulce´, componentes esenciales de nuestra tradición cultural, plasmados en el bellísimo paseo de nuestro camarita Fernando Dangond Castro:

Ya no hay casitas de bahareque

Se llena el Valle más de luces

No venden arepita e’ queque

Merengue, chiricana y dulce’

 

Era la tierra del cacique Upar, la misma que acogió al cacique Diomedes Díaz ¡Esa es!

A pesar del avance tecnológico, no obstante, que proliferan en la ciudad nuevos y tradicionales locales dedicados a la comercialización de alimentos, con aire modernista, el dulce de maduro sigue vigente, se mantiene invicto y viaja, como regresa, de aquí para allá y de allá para acá. En danza circundante, ya en olla como en caldero, retribuye siempre un bocado que transmite alegría, compañía y horada la melancolía. Hay que ver el tracto, silente pero vaporante, que acompaña el danzarín momento de la elaboración del dulce de maduro. Es un rato sublime que persiste hasta el momento del azucaramiento, cuando se lo revuelca –sin compasión- sobre playas de azúcar, en desafío eterno a los riesgos de la diabetimanía. Ese rato sublime se prolonga hasta el consumidor final y si llega en tiempo de enamoramiento, la felicidad es mayor. Ah la dicha de saberse seguidor de los que hacen en Urumita, con porte de galanes y fama de mejores. Sin descartar su origen indígena, probar el atanquero es solazarse con la vibra del melcoche, la tradición y el sabor mítico que hace aguas la boca.

La buena vida se endulza con dulce y el de maduro es un premio al buen vivir. Su tío, el inolvidable bollo horneado, tiene maca mayor pero su sobrino, el queridísimo de filo, es el punto supremo del buen gusto. Transcurre la semana santa y de nuevo el punto de encuentro es la plaza Alfonso López para alimentar la fe con la práctica religiosa y nutrir el espíritu mediante la tradición cultural que allí se mantiene. Y el más entero de los motivos: la feria del dulce, auspiciada por la Alcaldía de Valledupar, como punto gastronómico y muestra de emprendimiento cultural y social, promovida como aporte de ciudad por parte de la administración municipal, cuyo líder FREDYS SOCARRÁS REALES, gerencia con el ejemplo, resultados excelentes y coherencia, mientras una lideresa –silenciosa pero efectiva- como Rita Lúquez, sigue adelante en su tarea, la cual preserva, promociona y divulga nuestro patrimonio cultural , al tiempo que resalta sabores, saberes y delicias. Bien por la oficina de gestión social y su impulso decidido. Mientras cae la tarde, rememoro la tienda de siempre: la Canoa, antesala de la bajada rumbo a la ceiba y al triángulo, en la época en que Valledupar, era un pueblo en trance de ser grande, en el cual no abundaban tiendas como esa y si ventorrillos, pero en todos estuvo presente, como hoy en nuestra sociedad, el prestigioso dulce de maduro, un canto a la vida y al placer.

Valle del cacique Upar @albertomunozpen           [email protected]

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