COSAS del VALLE

EWDn9Gh7Por: Alberto Muñoz Peñaloza

¡DEL POLIÉSTER AL SUSHI!

El asunto es que, durante la mañana, el rector del Ateneo el Rosario, nuestro querido César Pompeyo Mendoza Hinojosa, la inauguró con un regaño en plena formación, un grito después y medio correazo como puntilla. En la tarde, se estrenó la inolvidable Gladys Vega, con trescientas planas: “debo mirar para donde corresponde” y al llegar a la casa me encontré con la desaparición del loro parlanchín, de los Aroca Brito, que nos alegraba la vida.

Valledupar, era el pueblo que siempre fue, con tres salas de cine, conocidas como teatros: San Jorge, Caribe y el Cesar. La energía eléctrica la generaban dos viejas plantas, dependientes del combustible que traían de Barranquilla en carro tanques que al entrar a la ciudad alegraban por la buena noticia del reinicio del sistema. Al acabarse el combustible la privación energética era mínimo de ocho días y podía extenderse un mes y a veces más.

Cuando voy a nuestros centros comerciales veo en el rostro de los que congregan en restaurantes y demás la misma satisfacción que entonces se dibujaba en la humanidad de quienes degustaban los productos alimenticios que, de manera certera, se expendía en la parte exterior de nuestros “teatros”. Llegar al San Jorge, en esas noches de brisa incompleta preludiadas por el calor de la tarde, era un gusto mayor cuando Rodry, despachaba su famosa frescola, el mejor refresco que hubo por siempre en Valledupar. A un ladito se ubicaba la vieja Pepa Baquero con sus maravillas, hasta cuando por el cansancio, le cedió el espacio al hombre que apareció, durante años, con las mejores papas rellenas de todos los tiempos. En el Cesar, se ubicaba la mamá de Guarapo, hermana de la inconfesable María Iberia Ustáriz “La Bella”, con su guarapillo pleno y los famosísimos “pastelitos”, considerados dinosaurios luego de ser reemplazados por las empanadas, que adoptaron esa denominación en femenino, seguramente para cautivar a los hombres y a las mujeres por cuestiones de género. En el Caribe, se encontraban patacones, chicharroncillos, pastelitos y la auténtica avena vallenata.

El paso por cinco esquinas permitía, a manera de escala bendita, acceder a la daneza del Paisanito, su prestigioso tamarindazo o el batidillo de milo. Si las posibilidades económicas lo permitían podía subir a “La Española” y en ese restaurante con carta internacional, engolosinase con la chuleta blafir o decidirse por la mojarra frita cuya tersura y tamaño, constituían un premio mayor. Por la calle, en esquinas diversas, era fácil encontrar el peto exquisito con caribañolas alcahuetas.

La noche en cuestión daba a entender que nada sería igual pero la rutina acechaba sin parar. Salí a la esquina y ya estaba el grupo reunido: Nandy Lúquez, Pacho y Lito Villar, Machindio y el Pipo Aroca, Alvarito Céspedes Díaz, Jorge García Oñate y los de la catorce. Juguemos libertad, propuso alguien y de inmediato comenzamos. Corre para allá, corre para acá, vaya y venga, “cuatro, ocho y doce libertad”, en fin todo ese movimiento de muchachos, con despliegue energético y lúdica pasión. A los cuarenta y cinco minutos exactos, Pacho Villar, paró el juego, fue a la tienda de Suárez, pidió una kola y un pan de sal, lo perforó de punta a punta con su índice de urólogo, lo inundó del líquido y poco a poco se dio su banquete sin ofrecerle ni regalarle nada a nadie.

Me fui a la casa, a buscar una fruna perdida, como forma de paliar la fatiga. No hubo rincón sin registro pero nunca apareció. Hasta que llegó mi hermano Rodrigo, quien me invitó a acompañarlo en ese recorrido nocturno que nos llevó a la panadería Italpán con panocha y ginger, incluidas. Pensé que todo llegaría a eso, pero no, me llevó y fui por primera vez, a un medio patio, donde queda el rancho de Tato hoy día y qué maravilla. Descubrí a la dueña, la señora madre de La Bella, Ocha y demás y tuve frente a mí, por primera vez, a la tradicionalísima Bella Ustáriz. Quedé impactado por el movimiento: arepitas de queso en anafes distintos, agua e’ mai’, pastelitos, caribañolas y otras “preciosuras”. Me llamó la atención un par de alambres, de punta a punta, que en vez de toallas o sábanas, colgaban carne en diferentes tamaños y tonos. Me encantó el orden, en medio de aquel desorden, propiciado por las palabrotas de la Bella y la entrada y salida de gente con pedidos, todos urgentes, ansiedad contagiante y esa bendita sensación de plenitud tan pronto se recibía lo solicitado. “Quereí deso, preguntó, pero cuidándose de afirmar, La Bella y mi hermano aprobó. Bajó una media yarda del alambre y espetó el pedido: un poliéster y dos arepas para el canilloncito. Ahí estuvimos, entre chistes, desplantes y parones, en ese festín gastronómico, hasta cuando llegó un barranquillero en busca de butifarras y la Bella lo mandó para el carajo. Esa noche entendí que la felicidad y la buena comida tienen tubería propia, a manera de vasos comunicantes. Me emocionó comprender la belleza escondida en las manos de quienes, con sazón y delicia, regalan al mundo mensajes de amor envueltos en la masa y/o en lo que hacen, asan o cocen. Ese bofe, convertido en poliéster por la Bella y su gente, ya que era la tela de moda, transmitió dicha y sigue en pie de lucha, como vianda exquisita, en el Hueco, de la eterna Viuda, en la carrera novena.

Hace poco atendí la visita de quienes, por vez primera, visitaban la ciudad. Una pareja de interioranos con deseo de adentrarse en el mundo vallenato y pontificar después acerca de las bondades de nuestro territorio. Del aeropuerto, fuimos de una a Hurtado, para la consabida metida de pie derecho en nuestro Guatapurí de siempre. Pude explicarles lo que representa esta mágica cinta de agua, que embravece cuando se crece pero que el resto del tiempo es ternura viva en su recorrido, desde donde nace hasta su desembocadura al galanteante río Cesar. Los enteré de cómo los pereguetanos y algarrobos, desaparecieron pero se mantienen vivos en el recuerdo y lo que representa para nuestros indígenas que lo consideran un lugar sagrado.

Los llevé luego, dado el caluroso medio día, a congraciarnos con un sancocho de gallo y un guiso breve de gallinitas finas, arroz relampagueante, plátano serrano amarillo, queso serenatero y la auténtica agua de panela con limón, fría y dócil, con panela atanquera. En medio de la jornada, unos toques leves de guartinaja e insinuaciones de panza guisada. Tan maravilloso piquete fue engalanado, como postre sin rencor, con un dulce de filo atanquero, de esos amercochados que seducen el patrimonio molar.

Retornaron a Bogotá, por la noche, después de una parrandita sin tapujos y el convencimiento de que es preferible, venir que regresarse; cantar que molestarse, whiskiear que enfermarse y vestirse como se pueda, sin dejar de lado que el mejor momento es el que se disfruta.

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  1. Raúl Bermúdez 28 enero, 2015, 9:41 am

    Quienes en nuestra infancia y adolescencia disfrutamos de esa época maravillosa del viejo valle querido, entendemos y nos identificamos perfectamente con esos párrafos nostálgicos que nos vuelven el alma arrugao, como el acordeón de Colacho, el ídolo sempiterno de tu hermano Isma, junto a la mechita del América que hace varios años ya, se consume en la B

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