De la grandeza a la miserableza

Por: Luis Eduardo Paternina Amaya

Quien lo creyera, “el Libertador de la antigua Capitanía de Venezuela, La Nueva Granada, Quito, Guayaquil y El Perú y creador de la República de Bolivia”, siempre montado en su hermoso e imponente Palomo Blanco su caballo histórico, que se exhibe desafiante en todas las plazas y parques de las cinco Republicas, salió de Bogotá en su último viaje hacia Turbaco y de aquí a Santa Marta “montado en una mula pelona con gualdrapas de estera, con los cabellos encanecidos y la frente surcada de nubes errantes, y tenía la casaca sucia y con una manga descocida. La gloria se le había salido del cuerpo”, según lo describe García Márquez en su libro “El General en su Laberinto”, es una realidad como para reflexionar qué tanto está uno tan lejos, o rozando la cercanía de la miseria cuando la grandeza se posó sobre las cienes del más grande hombre de Las Américas, donde lucieron coronas de laureles y de quien un cura dijo que su gloria crecería como la sombra cuando el sol declina.

De aquel 28 de septiembre de 1828 cuando unos asaltantes pretendieron asesinarlo, le empezó una tos que lo acompañó hasta la Quinta de San Pedro Alejandrino que se intensificaba cada vez que recordaba “el orgullo pisoteado por una fuga sin decoro” por el cual “no podía sentirse más miserable”, como lo describe y aprecia Mauricio Vargas en su libro “La Noche que Mataron a Bolívar”.

Montado en aquella mula que había obsequiado un comerciante cuatrero “ a cambio de la destrucción  de su sumario”, baja de las montañas y páramos a encontrarse con las altas temperaturas del Llano, soportando intermitentes fiebres que le hacían soltar “unas ventosidades pedregosas y fétidas” que los Costeños describiríamos gráficamente y sin eufemismos, soltando peos desde que salió de aquel puente azotado por el frío que le intensificó la tos hasta cuando lo abrazó la muerte en una finca en la ciudad de Bastidas.

¿Merece un hombre de tantos pergaminos intelectuales y arrojos de valentía tan miserable condición después de haber entregado sus mejores días a la causa de la libertad? No fue recíproca la vida con el sacrificio de quien superó las adversidades del clima, las infidelidades de Doña Manuela, las insubordinaciones e incomprensiones de algunos patriotas, pero que sucumbió ante las miserablezas que esconden los hombres cuando la traición, las ambiciones y las oscuras pasiones gobiernan la conducta de quienes abandonan los valores para dejarse conducir por las bajezas del alma cuando el cuerpo se entrega a ellas.

No pudo Bolívar con los oportunistas del poder ni con los caudillos locales que hicieron trizas su propósito de integración, porque “obligado a lidiar con los caprichos del siempre rebelde liderazgo regional” cedió ante el peso que ejercieron “los caciques de las provincias que desafiaban el poder central por su propio beneficio y para conseguir el aplauso de sus coterráneos locales “.

Leer simultáneamente los dos libros a que hago referencia, nos encontramos con un Bolívar de carne y hueso que también es víctima de las vanidades humanas, le picaban los mosquitos, dormía en hamaca, lo flagelaba el calor, le dolían los huesos, sufría de calenturas como cualquier mortal y fue objeto de los más injustos desprecios a extremos tales que en algún pueblo del Caribe rompieron la vajilla que se utilizó en un almuerzo para que no contaminara la familia de la tisis que lo mataría irremediablemente, cuando en otras épocas no muy pretéritas lo recibían con alfombras de orquídeas mientras los cascos de su Palomo Blanco alborotaban los aromas de las flores que se confundían con los colores de su grandeza que abrupta e injustamente le mancillaron dejándole a la humanidad la miserableza que jamás la abandonará, mientras la soberbia sea de su esencia, porque siempre habrá una mula que cabalgue hacia el despeñadero empujada por las ambiciones vanas  inspiradas por el odio y el egoísmo.

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