Del Testigo Que Ofrezca Credibilidad

Por Luis Eduardo Paternina Amaya.

Desde mi época de universitario, la ciencia de Ulpiano, Carrara, Ferri, Lombroso, Luis Carlos Pérez, Pedro Pacheco Osorio, etc. etc., para bien o para mal, ha sufrido una evolución que, referenciando el caso que comentaré, ha sido más para mal que para bien. Mientras que mi profesor de Derecho Penal me decía hace más de cuatro décadas que para dictarle un auto de detención a un sindicado, solo se requería de un testimonio que ofreciera serios motivos de credibilidad, al asunto hoy se le da otra valoración.

Cuando uno ve con cierta perplejidad que el escenario de los procesos pasó de las salas de audiencias de Juzgados, Tribunales y Cortes, a las salas de redacción de los periódicos y a las pantallas de la televisión, algo grave le está pasando al corazón de la justicia que allá en lo más preciado de su decisión se está afectando la conciencia con que se juzga cuando la discreción propia de las investigaciones y el celo para evaluar las pruebas por parte de auxiliares u operadores judiciales, son profanadas por la chiva periodística que de primera mano conocen los medios antes que los procesados, convirtiéndose aquellos en investigadores a veces más acuciosos, audaces y atrevidos que las mismas autoridades, por el interés que les asiste de transmitir la noticia sin evaluar el espectáculo, a sabiendas de esa buena dosis de morbosidad que carga el ser humano en su afán de querer ver sangre en el ruedo. Comportamiento que se ha convertido en culturalmente aceptado, mientras nos llega el cambio de mentalidad que ya ha tocado a los países europeos, por ejemplo.

La excesiva publicidad que ha recibido la osada función de testigos con vertidos en personajes ante el asedio de tanta cámara, y que no encajan en la vieja fórmula que alude a la calidad o condiciones que debe reunir la persona que brinda el testimonio para que ofrezca serios motivos de credibilidad que, sin una pizca de duda, convenzan al juez de una decisión que no deje sombras en la certeza de enviar al procesado a la cárcel, a sabiendas del cúmulo de antecedentes con que carga el testigo que, a la luz de la moral y las buenas costumbres, no son tan santos, como para tenerlos en cuenta, porque antes que seguridad, lo que transmiten al fallador debe ser desconfianza, duda, nunca convencimiento por lo que se está afirmando.

El caso Cepeda-Uribe-Corte es un ejemplo de cuanto ha cambiado la justicia desde mi época de estudiante de derecho hasta estos momentos en que la televisión y el periodismo escrito y hablado han convertido a dos testigos de dudosa credibilidad por su protagonismo en organizaciones marginadas del orden y la ley, en verdaderos personajes, casi como si se tratara de reconocidos artistas o de influyentes líderes de la política nacional e internacional, pero que de todas formas, querámoslo o no,   serán quienes decidirán la suerte de Uribe cuando sus testimonios sean sometidos al examen crítico de los magistrados de la Corte, confiando en que la decisión de esta respetable institución no se contamine con el innegable poder que hoy posee el periodismo, aun en el ejercicio de la sagrada misión de informar, tanto que los protagonistas del proceso hacen uso de este escenario para defenderse cuando sus posiciones y argumentos deben ser presentados es en las salas de audiencia de los jueces, y no en la de redacción de los periódicos o ante las cámaras cada vez que estas con sus luces asustan a unos y a otros los envalentonan, quedando, de todas formas, atrapados sin oportunidad de salirse en busca del escenario natural donde deben compadecer sindicados y testigos para someterse a la verdad porque solo ella os hará libres como lo ha enseñado el cristianismo, así como también nos lo recordó Platón hace más de dos mil años: “ no se debe honrar más a un hombre que a la verdad”.

Sincelejo, agosto de 2018

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