El anillo de compromiso

(Cuento breve sobre un hecho real)
Por Carlos Augusto Rojas Castaño

Cupido había flechado los alegres corazones de Jose y Diana, un par de jóvenes que rondaban los 30 años de despreocupada existencia, con excelentes calidades humanas, bien formados académicamente, él abogado y ella psicóloga, provenientes de dos buenas familias residentes en la misma ciudad calurosa de la costa atlántica, la ciudad del Cacique Upar. A partir de ese contundente flechazo que los unió hacia un destino promisorio, ellos se dedicaron con la mejor disposición a cultivar el amor que empezó a revolotear en sus estómagos como alegres mariposas.

Jose -así, sin tilde-, un hombre bien plantado, siempre elegantemente vestido con saco, corbata y a veces chaleco, inteligente, con el porte inconfundible de un abogado penalista, se fue haciendo a la idea de que ese romance con Diana tenía vocación de futuro como una semilla sembrada en terreno fértil y con apropiado sistema de riego, pero aún no pensaba en anillo de compromiso.

Diana, una mujer bonita, delgada, elegante, fina, inteligente también, vestida y arreglada siempre de manera impecable, sintió poco a poco que su relación con Jose no era una relación cualquiera sino una destinada a definir su vida como si Dios le hubiera puesto en el camino al hombre de su vida.

Somos el uno para el otro, pensó Jose. Lo mismo se decía Diana en momentos en que parecía hablar con ella misma sin balbucear palabras como hablando con el alma en una mano y el corazón en la otra. Con frecuencia los dos se miraban, los ojos fijos en el otro, y confirmaban con esas miradas penetrantes que lo que había entre ellos era un torrente de amor como una cascada de estrellas que los arropaba con luz esplendorosa.

Él la agasajaba como a una reina, y ella hacía lo mismo con Jose: lo trataba como a un rey. Y como todo iba tan bien, durante uno de los frecuentes recorridos de su oficina a la sede de los juzgados en la capital del país, el abogado enamorado se detuvo frente a la vitrina de una joyería donde había relojes, cadenas, aretes, pulseras y, por supuesto, anillos de compromiso.

Jose no entró a la joyería porque iba con el tiempo justo a cumplir una cita con uno de los clientes de su oficina y porque era la primera vez que le llamaba la atención un anillo de compromiso como si un relámpago le hubiera iluminado el camino hacia esa vitrina inesperada, y consideró que necesitaba previamente aunque fuera  información elemental sobre anillos de compromiso. Entraría en otra ocasión, se prometió él mismo, pero la verdad es que nunca tuvo el tiempo suficiente para entrar.

Sinembargo, con disimulo, acudiendo a artimañas sutiles inspiradas por su alma ilusionada, Jose midió el perímetro del dedo anular de la mano izquierda de Diana, el dedo que está conectado por una vena directamente con el corazón, según creencia milenaria, donde ya vislumbraba un hermoso anillo de brillantes que fuera el símbolo de un amor que crecía como crece el río Guatapurí cuando llueve arriba en la Sierra Nevada.

A finales de abril y durante mayo y junio de 2021, ocurrieron actos vandálicos en la capital y en otras ciudades del país: turbas enloquecidas golpeaban puertas de almacenes, rompían a pedradas los ventanales de vidrio, robaban ropa, joyas, todo lo que tuvieran a la vista. La barbarie se había desatado en gran parte de la ciudad, y el sector de las joyerías fue un blanco apetecido para los asaltantes. En una reconocida joyería del área, Jose había contratado la elaboración del anillo de compromiso que quería regalarle a Diana a finales del año cuando tenía planeada la petición de mano en acto sorpresa para ella, en la catedral de la ciudad que los vio nacer, con asistencia de las dos familias que serían convocadas con otro pretexto.

Esa tienda de joyas fue prácticamente destruida y con su desaparición también se esfumó el primer intento de Jose de adquirir el anillo de compromiso que le había gustado para Diana.

Buscó otra joyería -más taller de elaboración de joyas que almacén propiamente dicho-, y encontró un experto en la materia, entrado en años, que derrochando amabilidad lo orientó en la escogencia de un anillo similar al que llevaba en la cabeza, y Jose lo contrató. El joyero le advirtió que se lo entregaría en noviembre porque la lista de encargos era muy larga, especialmente por anillos de compromiso matrimonial.

Pasaré a hacer abonos de tal forma que como máximo plazo a finales de noviembre el anillo esté listo y pagado completamente, le dijo Jose. Era agosto, mediados del mes, días en que la pandemia del Covid19 volvió a hacer estragos en el país después de un breve receso en su agresividad mortal.

Por razones de trabajo de Jose y también por cambiar un poco de rutina y de clima tratándose de un fin de semana largo por el lunes festivo, la pareja viajó a Barranquilla un viernes de noviembre en el primer vuelo. Se hospedaron en el apartamento de un familiar cercano de Jose que hacía pocos días había estado infectado de Covid, información que los recién llegados desconocían. Después de ese puente festivo había que recoger el anillo de compromiso en el taller del joyero.

Los novios disfrutaron la cálida noche costeña en un restaurante-bar de la zona rosa, pero temprano el sábado empezaron a sentir molestias exactas a las que se mencionan cuando una persona cae en las garras del nefasto virus. Se hicieron las pruebas, y el resultado fue contundente: positivos ambos para Covid19.

Se aislaron por siete días, como lo exigían las autoridades sanitarias; en realidad, un aislamiento de ensueño en medio de la traga que cada uno tenía por el otro, sobre todo porque al estar contagiados los dos no había riesgo de contagio de uno enfermo al otro sano, y por lo tanto la distancia recomendada de dos metros era innecesaria. Avanzó la cuarentena, y en un momento de aterrizaje en este mundo, Jose recordó que tenía que recoger el anillo en el taller del joyero. Se le ocurrió pedirle ese favor a su cuñado Rafael, hermano de Diana, un ejecutivo exitoso y al mismo tiempo playboy de los que hacen viajes transatlánticos de cuatro días con la novia de turno o la amiga de siempre sólo para ver a su banda preferida de música electrónica.

Difícil misión para Jose mantener el secreto ante Diana: primero, llamar a Rafael y decirle que estaba en aislamiento con su hermana, luego explicarle la historia del anillo de compromiso, pedirle el favor de ir a recogerlo e indicarle la dirección del orfebre, todo eso dentro de un cuarto de 3 x 4 metros de área. Jose lo logró hablando en tono muy bajo desde el baño aprovechando que su novia estaba hablando por telefóno y con el grifo abierto derramando agua sólo para hacer ruido.

Rafael recogió el anillo de compromiso y lo guardó en su apartamento con la promesa de llevarlo a Valledupar con anticipación a la fecha de la petición de mano el 29 de diciembre, ceremonia a la que él concurriría no solamente por tratarse de su querida hermana sino porque estaría de visita en su ciudad natal para disfrutar las fiestas de navidad y año nuevo con la familia completa, una costumbre de años.

Rafael y su hija quinceañera Sofy abordaron un taxi para ir del norte de la ciudad al aeropuerto El Dorado, un trayecto que por la congestión típica de diciembre puede tomar una hora y media. Cuando estaban bajando las maletas del taxi, Rafael se acordó del anillo de compromiso, que había olvidado en su lugar de residencia. Miró su reloj, era la hora en que los pasajeros del vuelo a Valledupar debían estar en la sala de espera.

Ingresa tu, le dijo a Sofy. Tengo que regresar al apartamento a recoger algo muy importante que no puedo dejar aquí.

Sofy aceptó sin vacilar, pues a pesar de su corta edad estaba acostumbrada a viajar sin compañía. Se despidieron.

Si ves que no he regresado cuando llamen a abordar el avión, viaja tu, le dijo su padre desde el taxi que en ese momento reemprendía la marcha. En tal caso, trataré de conseguir cupo en el vuelo siguiente, dijo Rafael tratando de transmitir una sensación de tranquilidad que estaba lejos de experimentar.

Le prometió una buena propina al taxista si hacía hasta lo imposible para ir al lugar donde lo recogió y regresar al aeropuerto en un lapso de tiempo realmente fuera de toda posibilidad. Llamó a la aerolínea y le informaron que no había cupo en el siguiente vuelo -que era el último de ese día, 24 de diciembre-, y que tampoco había en los vuelos de los diez próximos días, plena temporada alta.

De un momento a otro recibió una llamada de Sofy: el vuelo estaba un poco retrasado. Rafael exhaló un suspiro y enseguida aspiró todo el aire que había en el vehículo con los vidrios abajo como si necesitara reabastecer sus pulmones exhaustos. Iba en la ruta de regreso, con la joya en su poder. Tenía que abordar ese avión.

Llegó al aeropuerto. Corrió entre la multitud. Había hecho check in y la maleta había sido aforada por Sofy o sea que podía llegar a la sala de embarque directamente, pero le faltaba el control de seguridad: se quitó la correa, puso todos sus objetos metálicos en la caja dispuesta sobre el carrusel, incluido el anillo de compromiso, pasó él mismo por el scanner, y enseguida a la agente se le ocurrió pedirle que se quitara los zapatos para escanearlos por separado.

A pasos agigantados, corriendo, Rafael llegó a la sala de embarque que ya estaba vacía, rogó que lo dejaran abordar, lo dejaron pasar, y llegó a la puerta del avión cuando una azafata estaba manipulando para cerrarla. Alcanzó a ingresar.

La catedral de Valledupar había sido inaugurada un par de años antes: una imponente obra arquitectónica. Llegaron las dos familias para participar en una supuesta misa de acción de gracias por los favores recibidos durante el año y especialmente por llegar vivos a ese punto de la terrible pandemia.

Jose miró a Diana de pies a cabeza con admiración. Estás preciosa, le dijo. Se acercó, aspiró su aroma, efluvios del perfume preferido de ella, que él identificaba inclusive a metros de distancia. Diana estaba vestida con una bata verde de flores, larga hasta debajo de las rodillas, que la hacía ver aún más alta de estatura. Jose lucía una guayabera blanca, bordada, bien combinada con pantalón beige, vestimenta usual en la región para los hombres concurrir a ceremonias religiosas especiales y a eventos sociales o políticos.

Diana, ¿quieres casarte conmigo?

Ella levantó los ojos hasta encontrar los de Jose. Dio un paso hacia él y lo rodeó con los brazos para llegar a un beso largo, celestial, del otro mundo.

Sí quiero…amor mío, sí quiero, dijo ella.

Jose la acarició con la mirada, le puso el anillo de compromiso y volvieron a abrazarse.

En el festejo, unas horas después, Jose y Diana acordaron la fecha del 13 de agosto del año siguiente para el matrimonio e hicieron el anuncio invitando a toda la parentela a brindar con una copa de champaña.

Montreal, julio de 2022

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