El libro sobre la muerte de Gabo

Por Carlos Augusto Rojas Castaño 

En una entrevista en televisión, hace algunos años, contó el expresidente Belisario Betancur una deliciosa anécdota sobre Gabriel García Márquez: recibió una llamada desde México un domingo en la tarde -horas en que nadie llama a nadie- para preguntarle el año en que el mango apareció en América.

No tengo idea, le contestó Betancur.

Te pido el favor, entonces, de averiguar con botánicos amigos tuyos, y tenerme el dato en un par de días, le dijo Gabo. No existía Google.

El novelista estaba terminando su libro El General en su laberinto, y había puesto al Libertador Simón Bolívar a comer mango en Cartagena en 1830, pero quería confirmar si eso era posible en ese momento. Hechas las consultas, Belisario aconsejó a Gabo cambiar de fruta.

El rigor con que escribía Gabo lo llevó en otro caso a preguntar a la NASA si había caído un torrencial aguacero en un día, un mes y un año precisos de finales del siglo XIX, porque eso había escrito en El amor en los tiempos del Cólera, y no quería correr el riesgo de que algún ratón de biblioteca saliera a refutar. Por suerte, la respuesta lo tranquilizó: sí cayó un diluvio con rayos y centellas ese día, inclusive el día siguiente.

Su hijo Rodrigo acaba de publicar un libro estremecedor -que leí en una sola sentada- sobre los últimos días de su ilustre padre, fallecido el jueves santo de 2014, en cuya mañana apareció un pájaro que se estrelló contra un vidrio de la casa y cayó muerto en el sofá donde Gabo tenía la costumbre de descansar.

En la obra cumbre Cien años de soledad, Gabo puso a Úrsula Iguarán, personaje reconocido de su mundo mágico, a morir un jueves santo, y puso también a unos pájaros a morir ese mismo día estrellados contra las paredes.

Son cosas asombrosas. ¿Coincidencias? ¿Presagios? ¿Jugadas del destino? Todo es posible en Macondo, territorio imaginario donde ocurren episodios tan inverosímiles que se vuelven reales y viceversa, gracias a la prodigiosa capacidad de invención y a la memoria de un hombre que perdió las dos al final de su vida: murió con demencia.

Eso no se sabía. Yo no lo sabía, -aun cuando presumía de saberlo todo sobre Gabriel García Márquez-. Rodrigo tal vez sintió la necesidad de escribir el libro Gabo y Mercedes: una despedida, y lo hizo para soltar su inmenso dolor, y terminó revelando detalles íntimos sobre la muerte de un genio que se ganó la vida y la fama a punta de su memoria insondable y su creatividad ilimitada hasta cuando se olvidó de todo, hasta de quién era esa señora que da órdenes en la casa “si no es nada mía”. Se refería a Mercedes, su esposa de toda la vida.

Y hasta cuando dejó de reconocer a Rodrigo y a Gonzalo: ¿quiénes son esas personas en la habitación de al lado?

Sus hijos, le respondió la empleada del servicio.

Había podido morir de otra cosa, pero el destino se encargó de hacer la mala jugada de que su maravilloso instrumento de trabajo se esfumara para darle paso a un olvido inatajable. Puro realismo mágico.

“Estoy perdiendo la memoria, pero por suerte se me olvida que la estoy perdiendo”, había dicho. Una frase magistral, deslumbrante, grandiosa, fantástica, no exenta de mamagallismo, con el inconfundible sello garciamarquiano. Un sello irrepetible.

Bogotá, Colombia.

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