En el noveno día del fallecimiento de Aníbal Martínez Zuleta

JaimeCalderonPor: Jaime Calderón Brugués.

Nueve días hace que nos despedimos transitoriamente de Aníbal Martínez Zuleta en este mismo lugar santo. Aquí sus familiares, amigos y también el Santo Ecce Homo, el Nazareno y su Hermandad, la Virgen del Rosario, los indios, los diablos y la guardia española, el doblar solemne, austero y profundo de las campanas, fue el “hasta luego”, soñado y apropiado para un vallenato de rancia estirpe. Como la vida no termina sino que se transforma fue, también el “nos veremos” nostálgico pero feliz ante el tránsito venturoso al más allá de un ser inolvidable.

Nuestro amigo entrañable fue hombre de múltiples aptitudes y amable condición.  Sería este un momento propicio para recrearse en ellas. Pero en aras de la prudente brevedad me ocuparé de dos que, en mi entender son bases medulares de su bien definida personalidad.

Fue, por definición un hombre de servicio. Siempre aportó a la comunidad o a las personas su contribución espiritual, moral intelectual o material, según fuese menester para el bien social o el bienestar individual. Se ocupó de todas las inquietudes históricas, jurídicas, religiosas, políticas, sociales y económicas de Valledupar, del departamento y de sus coterráneos. A toda decisión o solución contribuía con sus luces o con sus recursos. Siempre lo hizo con sobriedad, prudencia y sindéresis.

Así fue en la buena y en la adversa fortuna porque en la secuencia de su vida gozó las mieles de los éxitos y las amarguras de las adversidades. Fue víctima del destino cruel y de la temeridad humana. En uno y otro caso resplandeció su reciedumbre estimulada  por su innata vocación de servicio.

Tres episodios ilustran lo dicho. Participó activamente en la creación del departamento, a la par de quienes como a él la historia deberá nominar como los padres fundadores, entre otros: José Antonio Murgas, Alfonso Araujo Cotes, Crispín Villazón De Armas, Manuel Germán Cuello, Jorge Dangónd Daza, Jaime Dangond Ovalle, Luis Rodríguez Varela y José Guillermo Castro.

Como Contralor General de la Republica su aporte imponderable al desarrollo de Valledupar fue la manera como viabilizó que cientos de jóvenes y adultos cursasen estudios superiores tanto en el país como en el extranjero.

El período de su alcaldía es recordado por su eficacia y por su eficiencia, por el bienestar social y el orgullo vallenato que propició. Su administración municipal, es punto de referencia histórica para quien quiera servir bien a su pueblo.

Por todo el bien que hizo el balance final de su terrena existencia motiva añoranzas, respeto, agradecimiento y cariño, que son el más preciado legado que  reciben Ana Julia, sus hijas e hijos, nietos y bisnietos.

Finalmente Aníbal fue una persona auténtica. Tan castizo como el más puro y genuino  vallenato. En él se hizo realidad, parodiando la expresión del clásico de las letras universales: para conocer el mundo hay que amar y conocer la propia y particular aldea. Amó y conoció a su Cañahuate y desde el extendió su amor y conocimiento a Valledupar y abarcó la patria. Por el estudio se hizo culto e ilustrado. Solo las personas auténticas como él, logran adquirir luces de universalidad para su entendimiento.

Esta Iglesia de la Concepción, su Ecce Homo, el parque, el Cañahuate, y el Guatapurí fueron los referentes iniciales, originales, del mundo de sus afectos. Referentes que adquirieron perennidad en la medida en que los sucesos de la vida fueron enriqueciendo y armonizando los rasgos de su carácter. Estos afectos se hermanaron con su elaboración conceptual de lo que él denominó el “País Vallenato”.

Es justo, es procedente y es obligatorio que los vivos conserven la memoria histórica de sus difuntos. Quienes en vida colaboraron con sus actos y con su pensamiento en la construcción del bien común, se lo merecen por siempre.

Adecuada y oportuna es por tanto, la decisión de la Alcaldía Mayor de conservar su recuerdo al dar su nombre, el de Aníbal, al parque Lineal de Hurtado. Complemento afortunado sería la erección de un busto, a orillas del río, con su mirada fija en las a veces tranquilas, a veces procelosas aguas y con la siguiente inscripción “ANIBAL MARTINEZ ZULETA, el guardián del Guatapurí”.

13 de Octubre de 2014

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