El fin no siempre justifica los medios

Por: Luis Eduardo Paternina Amaya.

Sin embargo, cuando Maquiavelo aconsejó al príncipe que si los justificaban, con el correr de los tiempos, algunos han interpretado literalmente la desafortunada frase, aplicándola con mucho menos fortuna, echándole mano a todas las formas de lucha, incluyendo el secuestro para alcanzar fines trazados. A manera de ejemplo, si alguien opta por disfrazarse de mendigo para recoger fondos con destino a los niños de la guerra, es un medio que sí justifica tan plausible fin. Pero, cuando la persona es considerada un objeto materia de comercialización, solo útil para el negocio porque el fin justifica los medios, algún bicho raro entró al torrente circulatorio de una sociedad para enfermarla hasta alcanzar un grado de descomposición tan grave que no le permite ordenar articuladamente sus movimientos para encontrarse con el equilibrio perdido.

Pero, pensándolo de otra forma, ¿No será muy dramática e injusta esta reflexión señalando a toda la sociedad de semejante desnaturalización humana? Por el impactante efecto del doloroso atropello que recibimos con aquella conducta, ¿Acaso no me precipitaría al descalificar a todo el conglomerado social, si los responsables se circunscriben a unos pocos por fuerzas motivacionales que en nada explican tamaña atrocidad? Quienes se amparan en causas sociales de beneficio general acudiendo al mecanismo del secuestro de personas trabajadoras y honestas que aportan al progreso de sus familias y de su entorno, convirtiendo su condición humana en una mercancía que tiene un precio, destrozándole de paso todos sus valores, no son la mayoría quienes así actúan, se trata de grupos o seres aislados en busca de encontrar soluciones desconociéndose así mismos cuando maltratan de tal forma a sus semejantes sin importarles si se trata del vecino, el ganadero, agricultor, religioso, estudiante o amigo.

Mientras aquel desdichado ser espera resignado retornar a los suyos sometido a la impotencia de haber perdido la libertad contra su voluntad, no puedo menos que pensar que el victimario, por el hecho de razonar con algún grado de sensibilidad que aún le queda, tampoco debe comulgar con aquel procedimiento que somete hasta la indignación las consideraciones de lo que representa la vida con todas las variantes que la naturaleza nos ofrece, incluyendo esa de pertenecer a la raza humana de la cual también hace parte el autor, cómplice o socio de la infamia. De ahí que, por la complejidad del fenómeno y los innumerables trances psicológicos que lo afectan, detrás del patrocinador, ideólogo o mero vigía del atroz comportamiento, deben palpitar aun sentimientos de arrepentimiento, rechazando allá en lo mas recóndito de su alma, la opción que seleccionó para alcanzar objetivos que, por muy nobles que fuesen, jamás darán razón a la más infame de las prácticas del hombre.

Por lo que infiero que la existencia del mercado con humanos no pertenece al comportamiento de toda una sociedad, sino de audaces grupos o individuos en proporciones infinitamente menores que los hacen únicos en la escala de los valores que dan sentido y explicación a nuestra presencia en la tierra, pero que se afecta tanto la moral individual que todos parecemos caer en una confusión y desamparo como un mensaje letal que nos envía el secuestro como práctica para obtener recursos, sin importar consideraciones de orden humanitario que lo descalifican de plano, reduciéndolo a las mas abominables conductas del ser humano. Inexplicable este accionar en un mundo que hace todos los esfuerzos para que no se deshumanice.

Colombia ha sido escenario del secuestro a extremos tales que somos referente de tan aberrante proceder en el concierto internacional. Con vergüenza de patria leo en la última novela del nobel Mario Vargas Llosa “CINCO ESQUINAS”, cómo nos recuerda que, “En Colombia el secuestro es todavía peor. Allá no sólo te secuestran, te cortan los dedos o las orejas para ablandar a la familia y no se que horrores más”. Afirmación esta que pone en boca de uno de sus personajes recordando un episodio de la historia violenta de aquel país donde el secuestro también flageló los cimientos de la sociedad limeña con su impactante y destructiva carga en la consciencia colectiva. Ya es hora de que a los colombianos no se nos siga asociando con estas actitudes que niegan la esencia del ser humano haciéndonos menos gentes. Proclives a la selección de las peores prácticas que nos niegan como personas.

Preocupante la involución que hemos sufrido ante los ojos del mundo por cuenta de ser los auspiciadores del secuestro como medio de lucha para concretar propósitos inspirados en un beneficio a la sociedad o para satisfacer ambiciones personales, aunque unos y otros disminuyan su grandeza rebajando su estatura humana a la más mínima expresión. Lo importante parece ser el medio, no el fin cuando uno disque justifica al otro. Mientras tanto, la esperanza no ha muerto, porque el proceso de paz con las FARC no se detiene, y aunque con el ELN acaba de empezar, no le auguro éxitos si no erradican de su estrategia el abominable secuestro. Seguiremos esperando el país que soñamos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.