Francisco perdió su tiempo

Francisco se fué convencido de que aquí algo cambiaría: aró en el desierto.

Por: Carlos Augusto Rojas C.

La honrosa visita del Papa Francisco a Colombia puso a la mayoría de los habitantes en estado de sublime contemplación, de éxtasis, de absoluta admiración por todo lo que salió de sus labios, que más parecían reflexiones salidas de su corazón para que fueran aplicadas por gente despistada que se gastaba la vida en controversias y violencias de diversos orígenes.

Se llegó a decir que hasta gente atea, después de escuchar al Sumo Pontífice había quedado pensando en dar la voltereta para creer en Dios, de quien Francisco es representante en este mundo convulsionado.

Para asombro y alegría de todos, se dijo por parte del gobierno que no hubo homicidios en Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena durante los días en que el Santo Padre visitó esas ciudades, y que los delitos de alto impacto se redujeron en 74 % en todo el país en esos días mágicos.

En el colmo de la euforia colectiva, surgió una carta pidiéndole al Vicario de Cristo que se quedara a vivir en Colombia y que no volviera a Roma, invitándolo a ejercer el liderazgo mundial de los católicos desde este platanal.

Mucha gente lloró oyendo en vivo y de cuerpo presente las intervenciones papales, las misas y los actos masivos, e incluso viéndolo por televisión, y volvió a llorar la noche de la despedida de Francisco en Cartagena, cuando la nostalgia rondaba por todos los rincones del país y era tan notable la tristeza que casi se podía tocar.

Muchas personas que habían gastado  baldados de combustible atizando la hoguera de la fastidiosa polarización que vivía el país, escribieron en redes sociales y en periódicos que los mensajes del Papa eran contundentes y que estábamos en el amanecer de la convivencia pacífica, del respeto por las opiniones ajenas, y que esto ya no sería más un platanal sino un remanso de armonía social, como un paraíso terrenal más o menos.

Pero, apenas decolando el avión del Papa rumbo a Roma, volvieron los homicidios, los delitos de toda clase, los insultos de unos a otros, los hijueputazos de lado y lado. Es como si una película fascinante hubiera llegado a su fin y todos hubiéramos vuelto a la realidad, a la dura realidad del platanal de siempre.

Francisco perdió su precioso tiempo aquí. Afortunadamente no se quedó a vivir con nosotros, porque hubiera tenido que ver con sus propios ojos la farsa que somos capaces de protagonizar para hacer creer lo que no es. Así somos en este país que a veces es un platanal y a veces un paraíso.

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