“Historia del Pensamiento”: Un libro para no ignorar

Luis Paternina, en el acto de presentación del libro Historia del Pensamiento, en Sincelejo.

Por: Luis Paternina Amaya (Sincelejo).

En 116 páginas no cabe la “Historia del Pensamiento”, pero atreverse a escalar su recorrido por las escuelas que lo organizaron sistemáticamente por tantos y tan elevada cantidad de pensadores que lo iluminaron, no solamente es un desafío, sino un esfuerzo de incalculable valor y mejor intención, cuando se quiere despertar en el lector indiferente e inexistente el interés por ocuparse de un asunto de lo más complejo que uno puede imaginarse porque no es tarea que se emprenda fijándole término para acercarse a ella, por el contrario, la historia del pensamiento es “la historia intelectual de la humanidad” que se sintetiza en un  libro cuyo autor Peter Watson tituló “Ideas” con apenas 1420 páginas, recientemente difundido por el Círculo de Lectores.

Especulemos entonces cuantas páginas se requerirían para referenciar todo cuanto se ha escrito pretendiendo interpretar el mundo y sus cosas a sabiendas de que cada persona tiene una óptica muy especial de su existencia, filosofando cada vez que suelta un pensamiento para tratar de conocerse así misma y creer que con lo que dice, asimila la dinámica del ser humano en función de su entorno  como la correcta, frente a todas las ideas que la humanidad suelta, comparable solo con el infinito universo donde los números se agotan para evaluar sus posibilidades que, como la filosofía, la estrechez del mundo nos habla de que contamos con siete mil millones de filósofos que todos los días aportan, más que su esfuerzo físico, el intelectual, para entender de que está hecho el ser humano con su poder de cambiarlo todo para evolucionar hacia la conquista de los estadios que justifican dichos cambios que, sin las ideas, el pensamiento y la filosofía, se quedarían prisioneros de las sombras.

El esfuerzo entonces del pedagogo Antonio Pérez Salgado por hacer llegar a una juventud desenfrenada, la idea que la entusiasme por abrir los libros en busca de la verdad que ignora, justifica su intento para que los movimientos de la sociedad continúen su peregrinar hasta alcanzar una convivencia sin sobresaltos y, si se quiere, feliz, aunque este concepto, para algunos, constituye una utopía.  Pero de imposibles se agarra el hombre para levantar su espíritu de conquista sin darse tregua.

Apelando a un lenguaje coloquial, alejado de los academicistas que el entendimiento dilucida sin apremios intelectualistas, monta su discurso (discurrir) recordándole al lector que hace rato dejó de ser un animal  para meterse en el área del razonamiento y la creación que nos ha llevado al deleite del arte y cuanta obra, invento o descubrimiento zanjó la diferencia entre quienes apelan a la razón para transformar la realidad, y quienes se quedaron rumiando el tiempo como si este también no tuviera su propia vida que nos marca sin contemplaciones como para no ser conscientes de su paso cuando nos cae encima sin darnos respiro ni oportunidad para la contemplación.

Nos recuerda el profesor Pérez Salgado que sin la filosofía, es decir, sin filosofar, vale afirmar, sin atreverse a pensar, aunque uno se equivoque, esta ciencia, que lo abarca todo, no tendría sentido.  Pero para mejor entenderla, no olvidemos su estudio aunque nos exija una eternidad, teniendo siempre presente que el tiempo que tenemos para rastrear la historia de la filosofía (del pensamiento) es muy poco, apenas el necesario para dejar iniciado cualquier intento de conocerla.

A  ello nos invita este libro que nos trae la historia del pensamiento sin atraparla toda, pero si nos da un aviso de las limitaciones de nuestras posibilidades de abordar la totalidad de semejante empresa.  La idea (el pensamiento) es el motor, la fuerza que inspiró el concepto de libertad  que va asociado con la historia misma del hombre.  Hablar de la libertad y de la vida es casi lo mismo.  Tanto que hacerlas desaparecer cuando la muerte, patrocinada por los desafueros y ambiciones de quienes niegan éstas categorías, representan la mayor y más sensible pérdida que el hombre pueda sufrir.

Es como propinarle un contundente zarpazo a su razón de ser, a su naturaleza, que, frente a todas las acciones humanas, representa el eje de cuantas políticas vinieren estas de donde vinieren.  Por eso se hace necesario pensar, filosofar para ser independiente y libre: Sumun de la más alta expresión que no debe desechar sociedad alguna porque sería negar la esencia del hombre como valor, referencia obligada de su justificación en el mundo, al que asimila, transforma y mejora, evitando los traumas que lo desnaturalizan, para impactar el equilibrio de su funcionamiento.  En el hombre con sus ideas, reposa el bien y el mal, la destrucción y la edificación: he ahí la génesis de su poder circunscrito a la más sencilla de las ideas: Cimiento de grandezas o catástrofes.

Nos recuerda Pérez Salgado que seiscientos años antes de Cristo se inician con Tales de Mileto los primeros intentos de explicar el origen de lo que nos rodea y de todo lo que está más allá, pasando por la infinitud de pensadores que han tratado de darle claridad o despeje a las incógnitas que aún el misterio rodea, hasta manosear a los filósofos modernos, que como Fernando Sabater, quien también escribió una “Historia de la Filosofía sin temblor ni temor”, nos tratan de acercar a enfoques conceptuales tan disimiles y cambiantes como la realidad misma, haciéndonos saber que la ética, la política y la religión, representan una moral que cada uno interpreta y aplica, aun enfrentándose a la Ley con el argumento de que aquella supera a los códigos.

Pero si volvemos a Tales, ¿hasta dónde tenía razón éste pensador cuando cimentó su explicación del origen y existencia del mundo en el agua, siendo tal elemento origen y fin de todas las cosas? Luego, si no la protegemos en el porcentaje que se dice disponemos, ¿será el fin del 75% de la cual está hecho nuestro cuerpo?.  Sin el agua entonces, el hombre, los animales y las plantas, acabarían el proceso de su existencia sin que ningún pensamiento filosófico, ni la aplicación de la moral más acertada, lo salve.

Sigamos pues matriculados en “La Academia” de Platón y “El Liceo” de Aristóteles para que no andemos por allá y para acá como peripatéticos alumnos que persiguen la verdad que nos haga fuertes y felices ante el devenir de unos acontecimientos que no solo nos sorprendan, sino que nos convenzan de que estamos en lo correcto.

No es el momento para quedarnos dormidos como el camarón mientras que la corriente continua rauda hacia el encuentro del Delta que, como el pensamiento, se ramifica hacia los confines del misterio por el cual trabaja el hombre cada vez que explora las respuestas de quien soy, para donde voy y de dónde vengo.  No echemos este libro al cesto porque su escritura sea obvia, aunque su pretensión que, además de obvia también, nos invita seguir estudiando y reflexionando ante los equívocos y aciertos de la humanidad, montados unos y otros, sobre las ideas que, para bien o para mal, ahí están cerrándonos o abriéndonos el camino que solo ellas enderezan cuando se tuerce.  Pero tampoco despreciemos el pensamiento por muy complejo que este sea, para que morir sea una acción que justifique la vida.

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