Jaime Urzola Torres

Jaime Urzola Torres

Por: LUCHO PATERNINA AMAYA

Nació en Toluviejo en la década del 50. Fueron sus padres Ángela Torres Narváez y Joaquín Urzola Mendoza, ambos de Colosó. Destacándose este último como un excelente interprete del acordeón. Transcurrió su niñez en medio de la vegetación que cubre una mina de piedra y mármol atravesada desde el pie de sus colinas por cuevas aun por averiguar el origen de las estalactitas y estalagmitas que cuelgan de sus techos y florecen desde el suelo desafiando el radar de los murciélagos. Resistente como toda la gente que habita este territorio, nada ni nadie detuvo su vocación artística por mucho que aparecieran los caballeros de la industria derramando un polvillo contaminante y los mensajeros de la guerra vomitando con el fogonazo de la pólvora su dialogo de violencia. 

Lo suyo desde un principio fue la música que le arranca a los cueros de los taburetes dándoles los primeros golpes melódicos que le abren el camino para componer e interpretar porros, cumbias y vallenatos impulsando estos valores folclóricos de la región. Al conjunto de Marcial Fuentes, nativo de su pueblo, le dedica parte de su edad juvenil cantando y haciendo coros, así como poniéndole sus manos y su talento a la tumbadora. Le tocó entonces viajar a Sincelejo para estudiar bachillerato en el Colegio Antonio Lenis donde formó un grupo musical llamado “Los Intelectuales”, integrado entre otros, por Saúl Herrera (saxo), Augusto Gomezcasseres (acordeón), Jorge Núñez Oviedo (compositor), Eduardo Tamara Galván (cencerro), Roger Cerra (Guitarra), Julio Paternina Amaya (tumbadora) y como cantante y cajero Jaime urzola. 

Al iniciarse los festivales sabaneros del acordeón, se vincula al conjunto de Felipe Paternina como corista y segunda voz. Con este magistral ejecutor del acordeón graba en 1975 para la CBS un álbum titulado “Tu Regreso” con voz líder de Ricardo Cárdenas y segunda voz de Jaime con el sobresaliente cantante de cumbias y porros Nacho Paredes, con quien graba un trabajo musical respaldado por Sonolux llamado “Caballito de Palo”. Después de este parto musical lo hace con el sello Victoria asistido musicalmente por William Molina y su conjunto al cual se vincula una trilogía de cantantes representada por Jaime Urzola, Álvaro Carrasco e Ignacio Medellín, destacándose nuestro biografiado con las canciones “Mis abarcas Viejas” de Rubén Darío Salcedo y “Déjala llorar” de Carmelo Barraza. 

Por sus sobresalientes condiciones de corista, atendiendo la insinuación de Nacho Paredes se vincula a la agrupación musical de Jorge Oñate en 1975, donde empieza su carrera profesional en el vallenato con el L.P bautizado “La Parranda y la Mujer” con el cual alcanza un notable éxito que le permite recorrer con Oñate todo el Caribe y buena parte del País animando casetas, clubes, bailes privados y presentaciones en plazas y estadios con la aceptación de un público complacido en consideración a la calidad artística de quienes integraban el conjunto, especialmente por la voz de su cantante y los coros que lo acompañaban. Por este reconocimiento hizo parte también, atendiendo su reconocida voz para los coros, de los grupos musicales de Diomedes Díaz, Alfredo Gutiérrez, Rafael Ricardo y Otto Serge y “Los Cañaguateros” de Pedro García, donde reemplazó al Colosoano Esteban Salas grabando un álbum musical con el sello EPIC en la ciudad de Bogotá. 

No obstante haber abrazado la fama haciéndose conocer con los mejores intérpretes del vallenato, su verdadera pasión se hace evidente con la música sabanera que recoge, según su decir, a los mejores músicos del país cuando la necesidad de bailar debe satisfacerse. Entonces el indiferente deja de serlo si el silencio es roto por el clarinete de Carlos Piña, el Bombardino de Ramón Benítez, la trompeta de Tarsila Ricardo “Mañungo” y toda una pléyade de empíricos interpretes jóvenes que se convierten en una fuente de melodías que aplastan la tristeza para darle paso a la sublimidad espiritual que nos hace llegar la música.

Jaime Urzola fue de los primeros cantantes que graban con las bandas musicales de la costa, que antes solo interpretaban los distintos ritmos haciendo uso de sus instrumentos con la ausencia total del cantante. Primero vocalizó sus propias composiciones de porros como “Ciudad sin puertas”, dedicado a Sincelejo que nunca las ha cerrado al foráneo, precisamente porque no las tiene, a tal extremo que hemos recibido más de cien mil desplazados sin ignorar los cientos de venezolanos que hoy transitan por sus calles. Bajo el amparo de la música sabanera graba con las aplaudidas bandas de Chochó, Toluviejo, Las Llanadas, 8 de septiembre de Sincé, Colomboy, Caimito y muchas otras de las provincias de Sucre, Córdoba y Bolívar.

Ha sido cantante de las orquestas Sucreñas “Costa Mar”, “Colombia Caribe” y fundador de “Kamaron” con la que actualmente actúa ofreciendo su calidad artística que se ve patentizada en los más de veinte temas que grabó con el productor musical Cenen Palacio, autor de esa emblemática canción “La Subienda”, y que fueron escuchados a lo largo y ancho del país y las demás naciones de habla hispana. Con Alfredo Gutiérrez grabó “Enamorado de Cali”, canción que no deja de sonar todos los diciembres. 

A pesar de sus más de seis décadas vividas con intensidad, sin dejar de girar en torno a cuantos sonidos producen musicalidad, en estos momentos acompaña al internacional Lisandro Meza haciéndole voces a sus últimos trabajos, siempre novedosos con sus propuestas sin apartarse de la versatilidad musical que se encuentra en la sabana. También se asocia con el joven y prometedor músico Sincelejano Jesús Molina Acosta, quien a la vuelta de pocos años habrá acariciado los más elevados peldaños del espectro musical, asistido por su talento, disciplina y preparación académica no alcanzada por cualquier otro músico colombiano. Con la dirección artística de este genial intérprete, graba cinco canciones de su autoría, sobresaliendo la cumbia “Volver a empezar”.  

Oírlo hablar con el ímpetu que le pone a la defensa de los valores de su tierra, lo hace pensar a uno que este juglar de los Montes de María no se va a dejar arrinconar como sucedió con El mochuelo que enmudeció su cantar ahuyentado por la voracidad de quienes con la tala de los bosques, el uso de herbicidas, el ruido de la guerra y la explotación de su medio, acicateado por el imperio del consumismo,  voló a extraños territorios donde la nostalgia por lo suyo lo sumió en una profunda tristeza hasta optar por el silencio mientras que el hombre detenga el accionar de la motosierra, la indiscriminada fumigación y el irracional ataque a su entorno, para volver a escuchar su hermoso trinar. Entonces Adolfo Pacheco retomará la inspiración para entregarnos otra canción que nos recuerde a su Mochuelo Pico e’mai.

Nada de estas adversas circunstancias, harán que Jaime deje de cantar y proteger los más emblemáticos valores de su folclor, porque para él no es más importante la cantera de piedra de su Toluviejo, que la de su imaginación, cuya corriente, como los arroyos de Colosó, seguirá fertilizando su talento y fluyendo con la fuerza necesaria que mitigue los sentimientos estropeados del hombre de hoy caracterizado por su implacable depredación.

Pero allí están nuestros artistas dispuestos a no permitir que la tristeza apague las alegrías que la música y en general el folclor nos proporciona por encima de todo accionar que perturbe lo placentero que nos ofrece la vida. Jaime Urzola es el cantante, el compositor, y el defensor del folclor que se sintoniza con el pensador cuando dijo “que uno no es solamente uno mismo, sino uno mismo y los demás”. Es el milagro del arte que el hombre equivocado pretende apagar sin conseguirlo, porque los buenos y consientes no lo permitirán mientras nos sigan alegrando la vida con las melodías que le arrancan a los instrumentos y se originan desde sus gargantas.

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