De la toalla de Tirofijo a la ruana de Santrich

Por: Luis Paternina Amaya

A muchas personas, por no decir que a todas, se les va conociendo por sus ideas, pero también por cierta característica física o fenotipo, así como por su forma de vestir, de andar, de expresarse, que las hacen fácilmente identificables donde quiera que se presenten. Fabio Villegas, por ejemplo, es un reconocido comerciante de Sincelejo, que ha hecho uso del capital financiero para sostener su modus vivendi. Pero no es tan conocido por esta actividad, como por el uso de sus camisas estampadas, rebosantes de flores y colores vivos, que ni en Hawái se consiguen tan expresivas como las que el connotado paisa lleva encima de su humanidad, exponiendo, con un dejo de superioridad que lo aleja de parecerse a otro que no fuera el mismo, tanto que cuando cualquiera opta por usar las mismas o parecidas camisas, la asociación con Don Fabio es inevitable.

A Tiro Fijo, el guerrillero que muriera de viejo, siempre lo vimos con una toalla al hombro que algún despistado colombiano propuso que se conservara en el Museo Nacional, seguramente para que las futuras generaciones aprendieran a usar el pequeño trapo secándose el sudor, protegiéndose del frio, o limpiándose las nobles partes del cuerpo que solo son manipuladas en la intimidad.

Sin esa descolorida toalla, al fundador de las FARC le faltaba algo cada vez que las cámaras lo enfocaban para indagar si aun cargaba con el resentimiento que le produjo la perdida de unas aves de corral que murieran en un bombardeo de las fuerzas regulares del ejército colombiano (FAC), según cuentan los archivos periodísticos. Aquella famosa imagen de la silla vacía, se me hace que en algo tuvo que ver la famosa toallita para tan desagradable desplante que el sublevado le hizo al presidente Pastrana, dejándolo solo en un acto donde necesariamente se requería de la presencia del enemigo para poderle hablar al mundo de paz como el propósito cardinal de aquel proceso.

Nadie entonces, concebía  a Tiro Fijo sin su indispensable prenda de la cual no solo emanaban los olores de la guerra, si no los sinsabores de la frustración al no concretar un acuerdo que terminara el conflicto, y los olores expelidos por un cuerpo otoñal sin la asistencia en el aseo que la comodidad del hogar ofrece, muy alejada de las dificultades de la selva, con toda su maraña de peligros, incluyendo la persecución de un ejército dispuesto a poner su profesionalismo y sentido de patria por encima de los equívocos de una posición guerrerista que no triunfó, ni jamás triunfaría por esa vía para alcanzar el poder.

¿Qué  tanto pudo haber influenciado la toalla para que el curtido campesino, con su causa liberadora, fracasara en cuanto intento por alcanzar la paz se experimentara?

Jesús Santrich, otro guerrillero nacido en el municipio de Toluviejo, departamento de Sucre, formado en la fuentes del conocimiento que la universidad no le brindó al portador de la toalla, es fácilmente identificable por una exótica ruana que ha hecho del rebelde su identidad, sin cuya prenda ya no es posible asociarlo, así como sin sus gafas que ocultan unos ojos que parecieran que vieran por la facilidad en que se mueve, tal vez para simular una limitación que en nada afecta su decisiva intervención en el proceso de paz, porque seguramente “las formas lo confunden y no lo dejan ver su esencia”, convirtiéndose en el más visible de los negociadores.

No obstante su invidencia, es el que más vemos con su característico poncho, casi que ha hecho olvidar la famosa toalla aprovechando la oportunidad que el gobierno le ha ofrecido, la comunidad internacional le ha facilitado, enseñándole que la guerrilla por la vía de las armas ha sido un fracaso, para darle paso entonces a la palabra con la cual la ruana le va ganando a su enemigo, siempre hablándole firme y duro como si exigiera más de lo que acordaron en la tierra de MARTI, pero que, a juzgar por la actitud del gobierno, uno pensaría que el Nobel de paz solo se entendería cuando la ruana de Santrich deje de exhibirse como el símbolo de un proceso  donde las condiciones parecieran venir de un solo lado en las postrimerías de su implementación, dados  los problemas que a estas alturas presenta, pero que conjeturando un poco, intuyo la imposibilidad de que la ruana se reencuentre con la ignorada toalla en el hostil ambiente de la selva para seguir una lucha alimentada por el olor de la pólvora  y unas ideas sin respaldo internacional y con un presidente Maduro de futuro político incierto que, hasta Cuba, les debe estar recomendando la negociación como la única vía que pare la guerra para que aquella actitud irónica del quizás, quizás, quizás se transforme en presagio optimista que sepulte la confrontación por encima de que las ideologías se impongan amparadas en el fusil. Aunque tengamos que aceptar que el pulso lo ganó la ruana, porque siempre será mejor la paz que la guerra.

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