LEONARDO GAMARRA ROMERO

Por: Lucho Paternina Amaya.

Sincé es un municipio del Departamento de Sucre que hace un esfuerzo porque sus sanas tradiciones se conserven, evitando que en la transición por llegar a ser ciudad, el pueblo reciba la influencia extraña que trae todo movimiento por alcanzar la civilización.  Tamaño empeño ha permitido para que valores como la familia, la amistad, la tertulia ocasional, el repentismo de su gente, la vecindad y el trabajo se mantengan, aunque los apremios de la evolución pretendan arrinconar.

Ganaderos y agricultores hacen de su terruño una fuente de riqueza que mueve la economía local que se ha visto dinamizada por un comercio ligeramente agitado con el advenimiento de tiendas de cadenas y el ofrecimiento informal de artículos varios y las tradicionales ventas de dulces de leche, bollos, queso, panes artesanales, ajonjolí y una que otra pequeña y mediana empresa que hace de la confección un arte, la manipulación de la madera un oficio decoroso, la preparación y pelea de gallos finos una pasión, la veneración de la Virgen del Socorro una devoción, los toros bravos una oportunidad para el reencuentro todos los años, y la política, única actividad que los divide, aunque sea esta ciencia el arte de gobernar con decoro.  Pero, así debemos mirarla y aceptarla en todas partes del mundo. No más fijarse en lo que les pasa a los ingleses que liberales y conservadores no se han podido poner de acuerdo si siguen o no perteneciendo a la comunidad europea.

No en balde vivió en este pequeño cosmos García Márquez del cual recibió los estímulos para que su imaginación alimentara el espectro de la literatura universal más allá de haberse bañado en el pozo El Trébol.  Así como también acicateara la delirante inspiración de los muchos compositores que le han dado renombre a esta provincia como Fernando Iriarte Navarro, Adolfo Mejía Navarro, Juan Madera Castro, Juan Severiche Vergara, Rafael De La Ossa y Leonardo Gamarra Romero, que para los sinceanos, es este más que un nombre sonoro, no tanto por su destacada condición de compositor, sino por su humildad y grandeza, cualidad incuestionable la primera, e inevitable reconocimiento que se hace patente en la segunda, que al combinarlas nos encontramos con una atractiva personalidad, que Leonardo Gamarra ignora, no se sabe si inconscientemente o a propósito.  

En él todo parece ser puro, al expresarse se le percibe libre de contaminación, pero su forma más acabada de hacerse visible y comunicarse es echándole mano al verso que cuando lo hace canción se agiganta ante los simplemente mortales alejándose de nuestro alcance para retornar nuevamente tan cerca cuando asume su papel de un hombre desconcertantemente sencillo, vigoroso, sensible, decente, optimista y hasta pedagogo trasmitiendo las enseñanzas recibidas por la vida y perfeccionadas por la ilustración que recibe de los libros que consulta recurrentemente. Su prolífica obra musical lo ha catapultado como el más grande compositor vivo con que cuenta Sincé, si otro sobresaliente como Dairo Meza Acosta me permite la calificación.

No más volquémonos sobre ese porro que denominó “Imágenes” para percatarnos de cuanta poesía registran sus versos en el afán por llamar la atención de una mujer a la cual le dice suplicante: “Si supieras como hablan tus labios rojos/ Conocieras la verdad de mi silencio”.  Claro, estos arranques emocionales no han podido nacer sino de un escenario como el que le brinda su entorno asistido por los cantos de vaquería, las brisas que susurran desde las ciénagas mientras las aves migratorias surcan su espacio, el mugido del novillo que el viento nos acerca, la algarabía de la guacharaca con su bullicioso trinar, el llamado de la tambora en noches de luna clara, la actividad ganadera en su conjunto incluyendo la trashumancia que se alegra con el ternero rebelde que, con su bravura, desafía el orden del rebaño, y la marcada influencia que le dejó su padre Miguel Gamarra Escudero mientras le cantaba las melodías de Agustín Lara y de muchos intérpretes de bolero de la época.

Entonces siendo muy joven, se traslada del campo a Sincé, mientras sonaban en la región orquestas como “La Claridad” de Pedro Mulet, la del Sanmarquero Juan de la Cruz Piña y, los Diablos del Ritmo de Pello Torres, así como las distintas bandas que se vinculaban a las fiestas en corraleja cuando apenas el compositor en ciernes  contaba con diez años de edad para que setenta años después sea destinatario del merecido homenaje que le brinda el trigésimo cuarto Encuentro Nacional de Bandas de Sincelejo por su numerosa, calidosa y nunca acabada producción musical con más de cien composiciones inscritas en Sayco y otras tantas que por ahí andan inéditas de parranda en parranda alimentando el folclor que, como la más auténtica manifestación de la cultura popular, no otra realidad nos ofrece las muchas alegrías, tranquilidad y sana convivencia como cuando las bandas rompen el silencio apabullante de la existencia, mientras la angustia ronda nuestros predios.

Después de esta etapa en Sincé, se trasladó a Barranquilla por una década donde otras orquestas como la de Pacho Galán, Lucho Bermudes y agrupaciones internacionales de renombre, destacándose La Sonora Matancera, La Billos, Los Melódicos, Ricardo Rey y Boby Cruz, y Los Originales Criollos Pedro Laza  y Rufo Garrido, lo nutrieron de chiquichá, merecumbé, boogalus, y más y más porros que lo lanzan definitivamente a enamorarse de este armonioso, pegajoso y bailable ritmo que se vio enaltecido con las obras que produjo para las distintas bandas del Caribe. Entre tales creaciones se destacan “Ojos de Fuego” “El Centauro”, “Con la garrocha en la mano”, “El barroso pineano”, “Ecos de la Montaña”, “Sabanero riano”, “Nostalgias del Ayer”, y muchos otros de interminable numeración.

Aunque la tendencia del admirado compositor se ha inclinado por derramar todo su afecto por el porro, también ha incursionado en otros ritmos como el paseo, salsa, boleros, guaguancó, merecumbé, y no podría intuir de cuanto es capaz de producir su portentosa imaginación.  Ha sido dos veces ganador del festival de San Pelayo e igualmente dos veces del porro canta’o en San Marcos.  

Si existe algún personaje que mantenga viva y dinámica la historia de Sincé, ese es Leonardo Gamarra que por medio de sus canciones exalta a destacados garrocheros, a ganaderos criollos y de ascendencia española, a uno que otro toro de sobresaliente valentía, al elegante Jinete y su caballo trochador, a su referente obligado la Virgen del Socorro y a cuanto determinante elemento, persona o cosa inherente a las leyendas y costumbres de su comarca puedan existir.

Aquí me detengo para recordar la Danza del Tigre que la actual alcaldesa Lucy García, se ha empeñado en rescatar por su originalidad, humor, magia y algo de sátira con que los actores naturales representan con esta danza la caza de un tigre que había diezmado los hatos ganaderos y ponía en peligro la seguridad de la comunidad.  En una aleación de valentía, cobardía, ironías y risas, padre e hijo por fin le dan caza al tigre que la leyenda muestra esquivo y burlón con sus perseguidores y que algunos sostienen que se escondía en el follaje y al interior de un bosque de árboles que denominaban Cusubá, pero que también con este nombre fue bautizado un toro de la familia Pineda, que igualmente se refugiaba en la espesura de la arboleda.  Entonces atraído Leonardo por la fiereza de este toro, con el mismo nombre, compuso uno de sus más sobresalientes porros homenajeando al valiente animal que hasta el tigre de la danza le huía mimetizándose en la espesura de la maleza dominada por el árbol Cusú, verdadero origen del vocablo cusubá.

Por ello, es Leonardo tan sinceano como esta fábula, constituyéndose en un prototipo de la sinceanidad.  Hombre elemental, negado a la arrogancia y a la solemnidad, no obstante las ínfulas que podrían hincharle su vanidad, dado los pergaminos que lo exaltan como un grande compositor, más el talante que lo caracteriza no le afectan su humildad de campesino incontaminado.  Su sencillez de seminarista obsecuente con sus creencias, y una calidez sin pretensiones cuando extiende la mano y ofrece un abrazo que lo mete a uno en su mundo de espontaneidad y cariño que, sin riesgo a equivocarme, no existe un solo sinceano que no lo referencie con orgullo, a menos que palpite en el cúmulo de los recuerdos alguna mujer que irresistible a sus galanteos poéticos y a su envolvente personalidad con pinta de europeo, involuntariamente no haya atendido las insinuaciones de la dama de ocasión, más por los apuros de sus responsabilidades, que por sus deseos de no responder a la sutileza de una sugerencia.

En fin, Leonardo no ha dejado nunca de ser un campesino de manos rudas que se suavizan cuando las extiende para brindar su amistad, un tanto ermitaño agazapado en su bondad pueblerina que habla de sus orígenes.  No más mirar en sus ojos la resistencia que expresa para no arrugarse frente a los malos momentos que los enfrenta y supera, así como disfruta con intensidad los que le son favorables. Seguramente por ello es negado a la soberbia.   Se podría definir a Leonardo como un hombre del agua y de la tierra: riano, playonero y sabanero. Su proximidad con los ríos, lagunas, ciénagas y la sabana así lo indican. Pero su mayor musa para alborotarle los sentimientos y la sensibilidad de compositor no es este universo, ha sido la mujer por la cual, a sus ochenta años todavía sigue suspirando como si tuviera veinte, rememorando aquel bolero que él canta convencido de que la juventud no ha partido de sus vivencias.

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