Magnicidio en Haití parece copiado de novela de Vargas Llosa

Por Carlos Augusto Rojas Castaño

El 7 de julio de este 2021, acababa yo de voltear la página 138 de la nueva novela Tiempos Recios de Mario Vargas Llosa, cuando escuché la noticia del asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moïse, mientras dormía en la residencia presidencial en Puerto Príncipe. Los criminales llegaron la madrugada de ese día y le dispararon doce balazos. La viuda, Martine Moïse, quedó viva pero herida.

En el libro de Vargas Llosa -en la página citada-, el presidente de Guatemala, coronel Carlos Castillo Armas, fue asesinado el 26 de julio de 1957 -julio, una coincidencia- por un matón dominicano experto en atentados a lo largo y ancho del Caribe y de Centroamérica, que con la complicidad de militares guatemaltecos traidores burló la guardia de la casa presidencial y entró hasta el dormitorio -increíble coincidencia- para cumplir su misión con dos certeros disparos.

La viuda oficial, Odilia Palomo, quedó viva -otra coincidencia- con su vestido manchado de sangre; también quedó viva la otra viuda -la querida del presidente-,  Marta Borrero, quien, por supuesto no dormía con él en el palacio de Gobierno sino de vez en cuando en una casa colonial que el Estado le había asignado a pocas cuadras de allí, con escoltas permanentes -como si fuera una sucursal reconocida del poder- para facilitarle las cosas al mandatario.

Esa fabulosa novela de Vargas Llosa -Premio Nobel de Literatura en 2010-  remite al lector a otra del mismo autor, La Fiesta del Chivo, en la que ocurre otro asesinato de presidente, en este caso del dictador Rafael Leonidas Trujillo -el 30 de mayo de 1961-, quien durante 31 años gobernó sin alma y sin corazón a República Dominicana -que comparte con Haití la isla La Española, donde llegó Cristóbal Colón en su primer viaje-, que más parecía una extensa hacienda suya que un país soberano.

Quien lee Tiempos Recios necesariamente sale corriendo a la librería a comprar La Fiesta del Chivo: un notorio hilo conductor lo impulsa a devorar los dos libros pues siente al terminar uno de ellos que a esa historia le falta un pedazo. En los países caribeños, centroamericanos y de América del sur siempre suceden imprevistos; la historia de muchos de ellos está salpicada de atrocidades, golpes de Estado, dictaduras tropicales que parecen eternas, sucesiones antidemocráticas en el poder, asesinatos de gobernantes, traiciones, intrigas, complicidades, persecuciones, corrupción, narcotráfico y hasta “guerras” entre los seguidores de la esposa del presidente de turno y los de su amante.

Aun cuando en esta parte del continente americano cualquier cosa es posible -inclusive lo más inverosímil-, no deja de sorprender que el asesinato del presidente de Haití haya sido una copia casi exacta del asesinato de aquel presidente de Guatemala, como si los actores de una película de hoy hubieran seguido al pie de la letra el guión macabro de una película de hace 64 años.

“Mi esposo fue traicionado”, dijo la primera dama, Martine Moïse, en el funeral del presidente cuando apenas se recuperaba de las heridas que en su cuerpo le dejó el magnicidio. Traición, de todo puede haber en ese asesinato en un país empobrecido que representa bien lo que ha sido y sigue siendo toda la región: un conjunto de republiquetas donde ocurre de todo pero por miedo o por ser protagonistas y aliados nadie sabe nada

El asesinato del sátrapa dominicano, Rafael Leonidas Trujillo, alias El Chivo, cuyas tropelías son el argumento de la novela La Fiesta del Chivo, ocurrió de otro modo, o sea que no hay forma de calificarlo como coincidencia con el de Carlos Castillo Armas y el de Jovenel Moïse.

Esos crímenes en Guatemala y en República Dominicana ocurrieron durante la denominada Guerra Fría; lo de Haití en otro contexto histórico; los tres casos, sin embargo, son parte de la triste realidad de América Latina que Gabriel García Márquez describió magistralmente en su discurso de aceptación del premio Nobel de Literatura en diciembre de 1982

Al fin y al cabo Macondo es un lugar imaginario e irreal que de tanto producir hechos aparentemente imposibles pero reales, ha terminado por tomar forma física desde México hasta Argentina,  incluidas las islas del Caribe por supuesto.

  1. Excelente carlos, felicitaciones. Un abrazo.

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