¡ Mecato para la parranda !

Alberto Muñoz PeñalozaPor: Alberto Muñoz Peñaloza

Durante mi época de muchacho, disfruté muchísimo la vecindad con el señor Luis García. Era ganadero y un parrandero a carta cabal. Con Pedro Peralta, Silva, Alfonso Pimienta, Héctor Arzuaga, el Mono Aroca, y otros, conformaron un grupo selecto, y  con mucha frecuencia, parrandeaban por días, algunas veces de noche, con intérpretes de la mejor calidad, como el pollo vallenato Luis Enrique Martínez, Nicolás Elías “Colacho” Mendoza, Ovidio Granados, Carmencito Mendoza, Florentino Montero, Armando Zabaleta, Isaac “Tijito” Carrillo, Miguel Yaneth, Wilson Márquez, Elías Gutiérrez, Buena y Antonio Orozco y otros no menos significativos.

Eran parrandas, con el sabor, la esencia y los componentes que caracterizan las mejores. Buena música, con ejecución superior, cuentos, relatos y decires del más puro costumbrismo; cantos, versos y melodías del vallenato tradicional y la variada, tierna y exquisita fuerza gastronómica que nos une.

Algunas veces se rotaban las casas, como sede de la parranda y en ocasiones se hacían en fincas, como espacio idóneo para integrar el campo con la parranda y la emoción de cambio. La casa de Luis García, en la carrera 9 –muy cerca de la nuestra- y su finca, llamada “el potrero” permanecían listas para atender a los invitados y, mucho más, cuando se trataba de parrandas con la presencia de los grandes de la ejecución vallenata. Una de esas veces, partimos bien temprano y nos hicimos presente, con la emoción que produce el ambiente campestre previo a las grandes ocasiones. Tremenda parranda, con Chema y Luis Enrique Martínez. Durante todo el día floreció la alegría y se escucharon hermosas canciones y fue evidente la disposición de lo necesario para mostrarle al mundo lo representativo y lo significativo que es ese espacio en el que todos somos iguales, no se baila pero se gusta por doquier. Cada quince minutos, los previstos, Elías Gutiérrez y Armando Uhia, le dan vuelta al guiso de chivo, instalado unos trescientos metros más allá del parrandón. Retornaban con buenas noticias, alegaban que estaba un poco durón, por lo cual había que esperar más tiempo. La parranda se mantuvo en pie a punta de mango picado, naranja en cuadrillos y tajadas fritas de plátano verde. Hasta las siete de la noche cuando se descubrió que solo quedaba la salsa espesa, como de petróleo y una que otra traza de lo que pudo ser y ya no era. El par de personajes, en ires y venires, dieron buena cuenta del sustento caprino y dejaron sin nada a loshambrientos asistentes. La caravana retornó a Valledupar y fue en la llanera de “la ceiba” donde pudimos paliar la difícil situación de física hambre.

La parranda es un espacio de acción oral, humanista, musical y cultural que preserva la tradición y contribuye al fortalecimiento del tejido relacional. Es el medio más idóneo para escaparse de la problemática que aflige, del estrés que corroe los metales del amor propio, es una ayuda –individual y colectiva- para ahogar los dolores que provienen de los resultados insuficientes, que hacen sucumbir la paz interior. Es el camino que la fortuna de la vida nos regala para fortalecer la incansable búsqueda de la felicidad.

En mis tiempos de muchacho, fue la carta pedagógica para la asimilación “social” de los logros que nos legaron los juglares, plasmados en los cuatro aires tradicionales: paseo, puya, merengue y son. En ese sentido, el café La Bolsa, del paisa Colí Botero, era el epicentro urbano, al tiempo que casas parranderas como la de los hermanos Pavajeau, Hernando Molina Céspedes, la de Nohema, Luis García, Héctor Arzuaga, la de la gran Petra  Arias y otras no menos representativas.

El río Guatapurí albergó en su ribera tiempos de parranda y, en ese sentido, el balneario Hurtado tuvo pista de baile y siempre al final, surgía la parranda dominguera ¡quien lo creyera! El maestro Néstor García, se atrevió a llevar a Alfredo Gutiérrez y los Caporales del Magdalena. Era cómico apreciar a los “parranderos” salir de la pista a la mesa de la incansable Pepa Baquero, degustar sus patacones infalibles, las papa saladas infaltables y todas las viandas y ricuras gastronómicas –de la época- para retornar al cuento parrandero, con recarga energética.

Llamaba la atención que en algunas faenas parranderas, donde Nohema, cuya casa era conocida también como “el rincón pasero”, en la carrera novena, dos pasos después de El Todo, sancocho ni seco aparecían. Clásica “parranda seca” que, años después, derivó en el mensaje semi público de algunos amigos y dueños de la casa anfitriona: que no se note la pobreza. Allá no pasaba nada, la cercanía a “la fogata” y a “la pampa llanera”, facilitaba salir a saborear un buen mondongo, la sobrebarriga entrona, la llanera magra o la magistral punta gorda, con el mejor picante de todos los tiempos. Cumplida la ingesta, el retorno acrecentaba la capacidad de aguante y el amañamiento en la parranda. Todo dependía del contenido bolsillal, vi a no pocos arrimar donde Rodry, frente al teatro San Jorge, “tanquear” con una papa rellena dinosáurica, de las de al lado y un pote de frescola.

En el preámbulo, sabatino y dominical, del 48 Festival de la Leyenda Vallenata, Salud Reinum, en desarrollo del Congreso Internacional de Reumatología, organizó la velada cultural, el sábado 25 de abril, en el hotel Tativán, con homenaje especial, en  el plano científico a dos reumatólogos de connotada referencia y en desarrollo humano a prestantes figuras de nuestra cultura: cantautores, Rita Fernández Padilla y Santander Durán Escalona, bolerista y melómano Carlos Vidal. La generosidad del médico y científico vallenato, Rafael Valle Oñate, le entregó un acordeón piano al maestro Gustavo Gutiérrez, en la seguridad de que ello contribuirá –en grado sumo- al decurso artístico y cultural de la obra magistral de nuestro cantor romántico. Al siguiente día, desde las 09:30 horas, se llevó a cabo La Palabra Encantada y luego una parranda breve con oferta gastronómica  y la participación de los Juglares Vallenatos. El asunto es que, en horas del mediodía, la carne molida, los chicharrones, las arepas y uno que otro “manjar” de toronja, de maduro y de leche cortada, evidenciaron la importancia de la comida en la parranda. Entonces recordé, sin vacilaciones, que el método eficaz reside en conversar, degustar y reiniciar.

Pese al auge de la electrónica, todavía es posible parrandear, sin aspavientos, con predominio del sonido mágico del acordeón en su maridaje eterno con la caja y la guacharaca. Esa bigamia musical ha sido, es y será, afortunada por siempre.

@albertomunozpen  

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