Merecen los congresistas cesarenses 28 millones de sueldo?

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Por Carlos Augusto Rojas C.

El chocante tema del salario de los congresistas colombianos aparece cada año cuando se decreta su incremento, y revolotea sobre la agenda nacional durante unos días hasta que desaparece por arte de magia, con lo cual se confirma una de nuestras características: país de la indignación por un rato.

Hasta hace unos 30 años, los congresistas no tenían oficina, atendían sus asuntos en la sede de la comisión a la que pertenecían o en la cafetería del Capitolio Nacional, no se había construido el llamado Edificio Nuevo del Congreso, no tenían carros asignados y su equipo de trabajo eran tres empleados. Hoy en día su Unidad de Trabajo Legislativo la integran diez personas que cuestan 35 millones de pesos o sea 50 salarios mínimos, además disponen de esquema de seguridad, tienen dos flamantes camionetas, una que dejan en Bogotá para su uso personal y la otra que envían a sus ciudades de origen para que la disfrute su esposa durante el día y sus hijos de noche, en claro mal uso de un bien que el Estado les entrega como instrumento de trabajo.
Ese mismo Estado acaba de subirles sus ingresos a 28 millones de pesos mensuales, equivalentes a 40 salarios mínimos, aplicando el 7.77 % después de que a los casi dos millones de personas que devengan el mínimo les aplicó para este año el 7 %. Y después, pegamos el grito en el cielo cuando vemos a Colombia en los primeros lugares de los países más inequitativos del mundo. Si un humilde trabajador de salario mínimo va a trabajar en una ciudad distinta a donde reside, tiene que pagar el transporte de su empobrecido bolsillo, pero a los congresistas les suministran tiquetes aéreos de ida y regreso a Bogotá, cada semana, para que vayan a cumplir con sus deberes.
Pero resulta que esos deberes los cumplen a medias. Trabajan únicamente dos días, los martes y miércoles, y a veces contestan a lista en la comisión y en la plenaria, y se ausentan sin dejar rastro alguno. Sus vacaciones son de 4 meses, pues el 16 de diciembre se despiden hasta el 16 de marzo y vuelven a despedirse el 20 de junio hasta el 20 de julio. En total son ocho meses supuestamente de trabajo. Algunos dicen, sin ruborizarse siquiera, que los recorridos de fin de semana por los caminos y carreteras de sus regiones también son trabajo, cuando en realidad son pura y simple politiquería para mantener cautivos los votos para su reelección. Porque, claro, todos aspiran a perpetuarse hasta lograr una jugosa pensión, que en algunos casos han obtenido el bisabuelo, el abuelo y el papá.
Por supuesto que el crudo panorama dibujado hasta aquí, tiene sus excepciones: hay buenos congresistas, pocos pero los hay, que se dedican a hacer la tarea para la cual los elegimos, es decir hacer buenas leyes.
Casi todos los congresistas del Cesar hablan poco en Bogotá, pero mucho en las emisoras de Valledupar. En el Capitolio Nacional se limitan a contestar a lista, pero en las veredas y corregimientos del departamento echan discursos inflamados. Se ufanan de traer altos funcionarios a reuniones con los alcaldes y gobernadores, visitas de las cuales queda muy poco o nada. Presentan proyectos de ley de honores a cantantes fallecidos, a hermosas iglesias de pueblos, inclusive, alguno de ellos presentó un proyecto de ley para declarar el día domingo como primer de la semana.
Merecen los congresistas cesarenses 28 millones de pesos de sueldo ?
  1. Alberto Muñoz Peñaloza 2 julio, 2016, 9:38 am

    Reflexion sana, desinteresada y puntual, que interpreta muy bien el sentir nacional. Si da lugar a un ejercicio reflexivo de nuestros parlamentarios y de la ciudadania, producira cambios positivos, esos cambios que todos anhelamos y reclamamos -cada vez mas- desde la mirada a triste por ver pasar el tiempo sin que mejoren las condiciones, proporcionales -de manera inversa- al orgullo colectivo de ser colombianos!

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