Mizar como jurado calificaba ortografía y profundidad literaria

Luis-MizarPor Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

Cada vez que el poeta Luis Enrique Mizar Maestre era llamado por Consuelo Araujonoguera para que oficiara como jurado del concurso de la canción inédita vallenata en el Festival de la Leyenda Vallenata, no solamente escuchaba la canción, sino que la hoja que le daban con la letra tenía un valor extraordinario.

Leía el texto con detenimiento y anotaba en una libreta lo que se podía corregir y exaltaba su contenido.

De esa manera en esa faceta el ejercicio era completo y después sacaba sus propias conclusiones que solía redactar para tener en cuenta en los talleres de jurados.

En lo referente a la ortografía solamente lo destacaba internamente porque decía que los pocos estudios de la mayoría de compositores era el pan de cada día. “Escriben sin fijarse en la ortografía porque no la tienen”, así de sencilla era su conclusión.

En el otro campo de la literatura natural y todo el contexto de la composición y las frases nacidas de la memoria del compositor si le daba la mayor importancia.

Entonces entraba en esas llamativas disertaciones para concluir que eran unos genios para componer canciones, solamente guiados por sus sentimientos. Esas canciones eran fotografías cantadas.

“Lo natural tiene el más grande sentido porque lleva impreso ese imán que se pega al corazón del compositor y produce una letras sencillas, pero con una calidez que no tiene comparación”, comentaba Mizar.

 

Los talleres para jurados

 

Cada vez que eran convocados los jurados del Festival Vallenato para ampliar sus conocimientos en el campo musical y literario, Luis Mizar estaba en primera fila, y además tenía listos sus apuntes para esbozar sus puntos de vista sobre la canción inédita vallenata.

Era muy claro en sus conceptos e intentaba que no quedaran escondidos en los oídos sino que se pusieran en práctica. Insistía en que había que componer canciones de hechos reales y no de inventos. Que el corazón fuera el gran protagonista con historias universales, así hablaran de una mujer con nombre propio.

“Estoy de acuerdo con la evolución de la música vallenata, pero no podemos pasar así por así de ‘Matilde Lina’ y ‘La casa en el aire’ a ‘Se le moja la canoa’ o ‘El santo cachón’. No tiene sentido”, expresaba con contundencia.

En esas se la pasó gran parte de su vida, y muchos tomaron sus palabras en serio y le dieron mejor forma a sus canciones, hasta ser ganadores del Festival de la Leyenda Vallenata.

Al preguntarle de los compositores que admiraba, al principio dijo que eran muchos, pero al final se quedó con Rafael Escalona, Leandro Díaz, Emiliano Zuleta Baquero, Calixto Ochoa, José Hernández Maestre y Vicente ‘Chente’ Munive. “De ellos siempre se aprenderá algo, porque tienen la esencia del folclor vallenato que en síntesis es narrativo”.

En cierta ocasión Luis Mizar y Consuelo Araujonoguera entablaron una amena conversación sobre diversos tópicos, especialmente de la literatura y la música vallenata, y ella definió al poeta de la siguiente manera: “Él, es la misericordia de Dios envuelto en letras”.

 

La cueva de El Diario Vallenato

 

Al frente del parque Novalito de Valledupar siempre estuvo ubicado El Diario Vallenato que dirigía Lolita Acosta Maestre, y la cita era obligada para llenar páginas sobre las obras de escritores y poetas del momento. Era la mejor vitrina escrita.

Hasta allá llegaban Luis Mizar, José Atuesta, José María ‘Chema’ Maestre, Luis Alejandro Álvarez, Germán Piedrahita, Diomedes Daza, Cesar López, Pedro Olivella y William De Ávila, entre otros, y se armaban unas agradables tertulias donde el verbo era el rey.

En ese periodístico y poético escenario Luis Mizar solía dar a conocer sus poemas que tenían la fuerza de su alma y la realidad de sus pensamientos. Los estrenaba con aplausos de los presentes. Era el visto bueno para que salieran a la luz pública.

Luis Mizar Maestre se despidió de la vida dejando su más grande tesoro, una estela de poemas, que muchos no llegaron a suelo fértil porque antes les arrancaron sus letras y ni el rocío de la mañana pudo darles su voz de aliento.

Partió sin regreso el hombre que supo trazar sus pensamientos en poesías reales, certeras y con el más grande sentido que fueron su gran fortaleza de gladiador de la literatura cesarense.

En la canción ‘Honda herida’ del maestro Rafael Escalona, que tanto le gustaba, está un verso que es el preciso en su despedida. “Solamente me queda el recuerdo de tu voz, como el ave que canta en la selva y no se vé, con ese recuerdo vivo yo, y con ese recuerdo moriré”.

Adiós al poeta, y muy preciso lo dijo José Martí: “La muerte no es verdad, cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”.

Y es más. “Uno siempre trata de ensanchar la finitud angosta de la vida, para rebajar cuanto podamos la anchura agobiante de la muerte”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.