“No Seas Chueco”

Por: Luis Paternina Amaya 

Gabo y Mercedes, la Gaba.

Esta expresión que encierra un mensaje, me refrescó la lectura del libro de Rodrigo García, “Gabo y Mercedes: una despedida”, en el cual narra los últimos y dolorosos momentos que padeció su padre y quienes lo rodeaban. En la patética descripción brinca el autor  de un realismo mágico a un realismo crudo, turbador y cerrero como la muerte misma. Tan tristes instantes no podían ser tratados sino con el estilo y el lenguaje utilizados, solo aromatizados por el bálsamo del humor cuando al convaleciente personaje le volvía la memoria para distraer con sus apuntes la severidad de unas circunstancias que anunciaban el adiós final que se avecinaba. En algún paréntesis de la calamitosa situación, la enfermera informa que le ha estado cuidando los genitales para aliviar la piel irritada, García Márquez le aclara: “quiere decir mis huevos”. En otro momento ante cuatro enfermeras, dos empleadas del servicio y una secretaria, abre los ojos, se encuentra rodeado de mujeres, las mira a todas y les dice: “no me las puedo tirar a todas”. 

Las risas distensionan el ambiente haciendo olvidar por ese rato las conmovedoras escenas que se agitaban en el alma de quienes impotentes  son sacudidos por la inminente cercanía de la despedida. Es que la muerte es así de real, inobjetable, dolorosa, enigmática, cercana, insoslayable, presente, de común ocurrencia “como si se tratara de una entrega de comida a domicilio”. Símil oportuno y sin generosidades idiomáticas usado por Mercedes para describirla mientras contestaba una llamada al amigo que averiguaba por la salud del esposo, sin saber que ya la muerte había hecho lo suyo, dejando “más un vacío que un silencio”, pero que también nos recuerda que “la humildad es la forma perfecta de la vanidad” y cuanto de fugases somos como individuos ante la vivencial existencia del tiempo que pasa y pasa,  confabulándose con la humanidad para hacerla perpetua. 

No más en mi lugar de residencia que cuenta con apenas veinticinco casas, tomó de la mano, así no más, a dos vecinos, reconocidos y progresistas empresarios de la ciudad y se los llevó sin ningún protocolo, como si se tratara de un domicilio según la referencia de Mercedes  enviándonos ese mensaje desalentador de indolencia y sinceridad, como si nada pasara ni está pasando, actuando en un recurrente desafío con su verdad no sujeta a interpretaciones que la nieguen, aunque aceptarla tampoco es solidarizarse con ella, es reconocerse a sí mismo como protagonista de su existencia, porque también en algún instante, somos sus víctimas para seguir hablándonos del siempre e ineludible presente, tal como la percibimos con ocasión de la peste que nos visita con su carga de desalientos que nos la ha traído tan frecuentemente como los episodios que nos toca lidiar diariamente sin que la dinámica natural y común de las personas se detenga, convencidos de que la vida sigue ahí y no habrá muerte que la frene, mientras la humanidad palpite en cada uno de los seres que la empujan, ya que su final jamás empezará así como se inició el de García Márquez, quien tuvo la suerte de tenerlo sin saber que era mortal, pero que antes, ya había dejado escrito “que es la vida más que la muerte, la que no tiene límites”.

“Gabo y Mercedes: una despedida”,  un libro que se reduce a eso, a una despedida, igual a todas las despedidas cuando son definitivas y estamos frente al familiar que agoniza y se va, pero sacudiendo todas nuestras resistencias hasta reencontramos con la realidad cuando al llegar a la casa con las cenizas del ser querido, las facturas de los servicios puestas en la mesita de la sala nos recuerdan que la vida continua sin que nadie haga luto por los sobrevivientes, aunque esta vez el tiempo si ponga de sus lados para ayudarlos a mitigar la aflicción. 

En la sentida y turbadora crónica con sus escenas vibrantes por lo sangrantes e inevitables mientras que permanezcamos en este mundo, se mueve la ternura de unos niños que emulando a su abuelo, también regalan algo de humor con sus comportamientos y ocurrencias ante los rígidos momentos de tener que lidiar con la muerte antes y después de su visita. 

Unas veces “luchan por contener la risa” ante el manejo de alguna situación en particular por parte de su abuela, quien no se arruga y la asume con la evidencia que no ofrece otra alternativa que vivirla, aunque el sufrimiento la invada. En otra ocasión los gestos de hilaridad los reprimen, no sin antes dejar ver el esfuerzo para hacerlo, mientras se toman una foto con la urna donde reposan los restos de su abuelo. ¿Qué más se puede hacer sino reírse ante la idea del abuelo reducido a un kilo y medio de ceniza?. Pregunta que se hace el libro para condensar la irónica realidad.

A pesar de que la muerte no es un suceso al que se puede uno acostumbrar, y del frenesí que acompañó al hijo de Gabo para dar tan apasionado y profundo testimonio, la lectura se refresca cuando Rodrigo acude a las más significativas  palabras del idioma para retratar a su madre como una persona “franca, reservada, critica, indulgente, valiente, temerosa del desorden, solidaria, cariñosa, profundamente afectuosa, sólida, firme, incluso dirigiendo el mundo que el éxito de su marido le proporcionó, mujer de su tiempo: madre, esposa y ama de casa, una versión de sí misma, prudente con las grandes muestras de emotividad”. “Yo soy yo”, decía. No aceptó que el presidente de México se refiera a ella como la viuda. Amenazó con “volver a casarse tan pronto como sea posible”. “Infatigable y bromista sin que dejara de ser el centro de atención”. Dice su hijo que tan compleja personalidad ha contribuido a su “fascinación por las mujeres, en particular las multifacéticas, enigmáticas” y hasta por las “difíciles”.

Mi admiración entonces por semejante ser humano, merecedor de tantos elogios como los ha recibido su esposo, asistente y mamador de gallo, sin dudas, coautora del macondo que recorre el mundo y de quien, no obstante, untarse  de tanto vocabulario al escuchar y leer al fantástico cronista e inigualable narrador de la realidad que le perteneció, no pudo ser más gráfica cuando aconsejó a su hijo para que no desatendiera las enseñanzas recibidas: “no seas chueco” 

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