No te faltarán rosas

Por: Carlos Augusto Rojas C.

La caravana nupcial pasó rauda y veloz frente a la casa donde Ana y su familia conversaban animadamente, como lo han hecho toda la vida a pesar de que esa costumbre se ha ido perdiendo ante la arremetida de los atracadores que interrumpen las tertulias en las terrazas al final de las tardes vallenatas para llevarse los celulares de toda la parentela.

Del vehículo donde iban los recién casados se desprendió una rosa, sólo una, que cayó a la vía adornando el pavimento con su belleza, con su lozanía, con su ternura. Ellos no se dieron cuenta de la pérdida de esa rosa, y en realidad no estaban para preocuparse por la suerte de una simple rosa, abstraídos como estaban en su mundo de amor, de sueños e ilusiones, en su afán de llegar al destino inmediato para consumar la unión que Dios acababa de unir para siempre.

En la terraza, Ana se incorporó de su silla, la silla de todos los días, y fue a recoger la indefensa rosa que por un milagro no había sido estropeada al paso de los carros de la caravana matrimonial, y la consintió, le habló con dulzura, la tocó con la yema de sus dedos de oficinista y le prometió cuidarla hasta el momento final. Escogió un pequeño florero que conservaba como recuerdo de la última vez que había recibido un solitario de parte de su enamorado en una relación intermitente.

El hermoso ramo al que le faltaba una rosa fue trasladado del carro a la habitación del hotel donde se hospedó la nueva pareja, y allí fue testigo mudo de todo un proceso encantador y sublime que terminó en sucesivos estallidos de dos almas entrelazadas de modo que parecían una sola. En ese ambiente celestial de amor puro el ramo incompleto amaneció rejuvenecido como si acabara de salir de la floristería.

En el patio de la casa de Ana, la rosa huérfana adoptada en momentos críticos de su corta existencia, vió el despuntar del nuevo día acariciada por el rocío de una noche de luna llena, dispuesta a luchar contra el paso de las horas para no perder la belleza que según su protectora la convertía en la más bella flor del mundo. Pero la lucha por esa supervivencia era desigual, el tiempo en su recorrido inexorable va dejando una estela de huellas imborrables, con mayor razón en una rosa solitaria a la que de todos modos le hacía falta el entorno vital de las otras rosas del ramo esplendoroso.

El segundo y el tercer día, Ana vió su rosa muy linda, hermosa fue la palabra que utilizó con una sonrisa de alegría. Pero al cuarto día entró en la triste posesión de la verdad: su rosa se estaba marchitando. Pensó, para resignarse en medio de la desilusión, que talvez el ramo en manos de la nueva pareja matrimonial también estaría afrontando la misma realidad, pero eso nunca lo pudo comprobar.

Su rosa murió, y ella le hizo el duelo como debe ser. Un par de días después, cuando aún revoloteaban a su alrededor los recuerdos y la imagen de la rosa adoptada, Ana recibió en su oficina un florero pequeño con cuatro rosas rojas y un mensaje contundente sin firma y sin nombre que la elevó a las nubes: No te faltarán rosas.

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