Otra forma de divertirme

Por: Lucho Paternina Amaya
Sincelejo, Sucre

Mientras leía “Sábado de Gloria”, libro de cuentos del periodista Alfonso Hamburguer, me llega  otro libro que yo sin la intención de descalificarlo, lo traté de librito, “Pido La Palabra”, del también periodista Manuel Medrano, quien en una actitud propia de su talante, me exigió no rebajarlo nunca más a la categoría de librito.

Metido en la lectura de las dos nuevas obras me pasé las fiestas del 20 de Enero, divirtiéndome con las crónicas imaginarias y reales del primero con su lenguaje sencillo y accesible por su absoluta negación del término rebuscado y a pretendidas posturas academicistas que lo hace accesible al lector poco curtido en estas lides, y del perezoso mental que se deja llevar por la inercia sin peralte para acabar abandonando la lectura por tal o cual palabra que no entiende, alejándose del sentido de la frase, a pesar de tener el diccionario a tiro de mano.

Es la prosa del buen cronista sanjacintero exhibida en esta obra que, por momentos, me entusiasma tanto como un porro en mitad del jolgorio que se vive en la ciudad y que yo trato de asociar con la melodía de su narración, como si entre tan extraña simbiosis hiciera mi propia fiesta entre el sentimiento de tener que contentarme con percibir la canción de Rubén Dario Salcedo traída por la nostalgia, y el de enroscarme con la lectura de un anecdotario que lo asimilo más real que imaginario, como si el autor del mismo fuera su protagonista principal, pero, al fin y al cabo,  ingenioso y divertido, tanto como el cúmulo de emociones que en el sincelejano producen el tararear la frase “ya viene el 20 de Enero” y meterse en ese mundo que solo la buena literatura es capaz de emular como cuando, en el caso de Hamburguer, sus cuentos también son nuestros cuentos contados con la soltura y espontaneidad con la que también podríamos contar y sentir quienes los leemos porque forman parte de nuestro entorno cultural e histórico que ayudó a formar la personalidad que nos hace evidentes y con sentido, mientras aún dinamizamos la sociedad que nos ha tocado vivir.

Por otro lado, al brincar a las páginas de “Pido La Palabra”, el entusiasmo no se hace tan notorio, no tanto porque el estilo condimentado por una prosa precisa, limpia, coherente y marcadamente incisiva, denunciante, alumbró mis ojos y mi entendimiento, sino porque me recordó algunos episodios de mi entramado tejido social, político y económico que no me hacen sentirme tan orgulloso de mi tierra y sus dirigentes.

Entonces Medrano me recuerda cómo se roban a Colombia, el olvido que nos merecemos, el colapso del sistema político, el fracaso de la democracia, el clientelismo en acción y, especialmente, fustiga sin contemplación a los políticos que compara con las cucarachas: los están sacando, pero insisten en entrar con su cinismo a cuestas porque todavía siguen hablando.  Me refresca un poco el alma cuando encontrándome en el núcleo del fandango, se ocupa del folclor que también es víctima de los políticos de ocasión que pretenden dejarlo en el ostracismo, no obstante la riqueza representada en nuestros talentosos artistas que se resisten perecer ante la ausencia de una política de Estado que también priorice los valores del espíritu, así como lo hacen con los factores que despiertan en la economía el mayor interés de cuanto plan de desarrollo exponen los gobernantes.

Entonces se ocupa del porro, de esa extraordinaria y hermosa cantautora de este ritmo Aglae Caraballo, del no menos grandioso compositor y arreglista Francisco Zumaque, de la música sabanera que, según su decir, está en crisis y se hace necesario descorronchizarla, término este que no asimilo en qué dimensión lo utiliza el escritor como para sacarla del olvido en que se encuentra, solo referenciada con la importancia que le dio Los Corraleros de Majagual que la introdujeron en toda el área del Caribe, y los hijos de Alfredo Gutiérrez que la tienen aún sonando en el territorio nacional.

“Pido La Palabra”, es un libro que no se adorna para nombrar las cosas por su nombre cuando a Manuel Medrano se le da la palabra que utiliza lapidariamente para fulminar a la Iglesia  Católica “que miente y manipula a la humanidad hasta cuando lleguen los tiempos apocalípticos”, afirma que “algo huele mal en la ciudad”, “Por qué ha fracasado Sucre” y muchas reflexiones más que solo las conocerá el lector si manosea las páginas de esta obra donde también nos enteramos qué tanto valor tiene “la voz de los pobres” en el concierto de las decisiones locales y nacionales que no sea el poder del voto  que ejercen, pero para seguir equivocándose cuando elige.

Después de las Fiestas del 20 de Enero cae bien la lectura de este libro que nos aterriza en una realidad salpicada de todo, menos que se le pueda calificar de festiva.

Bienvenida la buena prosa que se resiste al archivo porque de ella es el mejor instrumento para expresarse con una importante dosis de ficción como lo hace Hamburguer, o con la crudeza de una realidad que no debe maquillarse como lo pretende Medrano, ni siquiera parapetándose en la figura literaria.

Tiene razón el periodista y escritor, su esfuerzo editorial no es un librito, es un aporte a la toma de conciencia.

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