“Se robaron el carro”

(Cuento breve sobre un hecho real)

Por Carlos Augusto Rojas Castaño 

Vamos a dar un paseo por el malecón del río y a dar una vuelta por Barranquilla el viernes después de las cinco de la tarde, le dijo por teléfono Jorge a Carlos, y acordaron encontrarse en el lobby del hotel Caribe Princess. Carlos se hospeda allí cada vez que visita la ciudad, por ser un confortable hotel ubicado en el tradicional barrio El Prado, por la tarifa -a veces con descuento-  y porque es amigo de José, su propietario, hermano de Jorge.

Jorge, reconocido médico y empresario, es un hombre que transmite positivismo desde el saludo con apretón de manos o con abrazo hasta la despedida con otro apretón u otro abrazo y con frases afectuosas que dejan a su interlocutor recargado de energía, como una batería de teléfono celular después de dos horas conectada.

Jorge llegó puntual en un automóvil Suzuki, recogió a Carlos y se fueron al malecón con la idea de caminar un rato bordeando el río, disfrutar el viento fresco que corre al final del día y comer algo allá atraídos por lo que se oye decir de los restaurantes de la zona gastronómica.

Casi no encuentran espacio para parquear el carro a la orilla de la avenida, ocupada ya por una fila interminable de vehículos. Avanzaron y retrocedieron varias veces hasta que encontraron un hueco pequeño donde después de muchas retorcidas del timón, Jorge pudo entrar el carro quedando casi pegado al de adelante y al de atrás como un sandwich. Ya veremos cómo lo sacamos más tarde, pensó Jorge al verificar que las puertas quedaban bloqueadas. El carro quedó en una curva de la avenida al pie de árboles de acacias y almendros en crecimiento, sembrados un poco antes de la inauguración del malecón en julio de 2017

Los dos amigos caminaron en línea recta unos treinta minutos, hablaron del notorio progreso de Barranquilla, de la belleza del malecón, de la grandiosidad del río Magdalena, de las luces reflejadas en sus aguas a esa hora, y llegaron a la zona de comidas.

Te invito a comer aquí, dijo Jorge mientras buscaba algo en sus bolsillos con cara de sorpresa. Tenemos que regresar porque se me quedó la billetera en el carro, agregó.

No te preocupes, invito yo, contestó Carlos.

Fueron a un restaurante de comida española, ambos pidieron paella que acompañaron con una copa de vino rosado. Terminada la cena siguieron caminando en la misma dirección hasta que decidieron regresar a donde dejaron el carro para hacer un city tour y tal vez parar en La Troja o en La Cueva a oír música salsa y tomar una cerveza.

Caminando despacio, sin afán, demoraron unos cuarenta minutos en llegar a la curva de la avenida donde habían dejado el carro, pero sólo estaba el hueco, había varios huecos en realidad, muchos espacios de carros que se habían ido. El carro de Jorge no estaba.

¡Se robaron mi carro! Jorge observó el espacio, inspeccionó los arbustos, midió visualmente la curva de la avenida como haciendo una reconstrucción de los hechos, y repitió como si le dolieran las palabras ¡se robaron mi carro!

Decidieron ir a la estación de policía, y en el camino Jorge le contó a Carlos que para ser franco no era su carro sino el carro de la esposa: se lo regalé cero kilómetros a Lizzette Margarita en un aniversario de boda para facilitarle el transporte -vivían un poco lejos de su consultorio como odontóloga-, y para sus diligencias cotidianas. Era de ella, no de él, aunque ese carro servía a toda la familia, por ejemplo al hijo para ir a la universidad.

Suzuki modelo 1919, en muy buen estado,  cuatro años en poder de la familia, me costó treinta y seis millones, le dijo Jorge a Carlos con voz baja y triste como de velorio. Y lo peor, Carlos, es que en la bodega estaban varios instrumentos de odontología, alemanes, que valen más que el carro, y mi billetera con dinero en efectivo y varias tarjetas de crédito con cupos grandes.

En el tortuoso camino al puesto de policía se encontraron con varios turistas a quienes indagaron si habían visto gente sospechosa, ladrones jalando un carro Suzuki de color plateado, pero nadie había visto nada.

Ya nadie se sorprende ni hace nada ante el robo de un carro, dijo Jorge. Ni siquiera en un lugar turístico, en el malecón que el exalcalde Alex se ufana de que es un lugar muy seguro, dizque el más seguro de la ciudad.

En la revista Motor ese carro como está aparece en treinta millones, y nuevo vale cuarenta y dos, dijo Jorge calculando la pérdida olvidando sumar el valor de los instrumentos de odontología y el contenido de su billetera.

Barranquilla está plagada de jaladores de carros, pensó Jorge pero no dijo nada. Lo que sí dijo fue que hacía unos pocos días la esposa le había hecho cambio de llantas y un mantenimiento completo al carro, cambio de aceite, bujías, filtros, cables, para ponerlo en condiciones de hacer un viaje al corregimiento Nerviti, municipio de El Guamo, departamento de Bolívar, donde la familia estaba montando una empresa purificadora y embotelladora de agua a orilla del río Magdalena.

La economía del país y del mundo golpeada por la pandemia aunque pacientes no le faltaban así fueran por zoom, analizaba mentalmente Jorge mientras tanto, y los gastos del montaje de la empresa de agua y el próximo grado del hijo, todo eso sumado y ahora tener que comprar otro carro porque no podía permitir que su esposa se movilizara en Transmetro con esos buses atiborrados de pasajeros y con esos calores del mediodía.

Sacando fuerzas de donde ya casi no tenía, Jorge llamó a su esposa: ¡Se robaron el carro! le dijo con voz entrecortada. Rodaron unas lágrimas por su cara mientras le dio algunos detalles y se despidió contándole que iba para la estación de policía.

El capitán Rodríguez, a cargo de la estación, se sorprendió con el caso. No podía creer que en el malecón se hubieran robado un carro. Aquí no vienen delincuentes, aquí no hay robos, tenemos control absoluto del área con tecnología moderna y suficientes vehículos, habló en tono fuerte como presentando un informe de labores, y ordenó a los patrulleros Pedraza y Morales que hicieran un recorrido en moto por los dos costados del malecón, y que fueran hasta la curva donde estaba el carro y más allá, hasta el final.

El general Lozano, superior jerárquico del capitán Rodríguez, que vivía pendiente del malecón y lo cuidaba como la niña de sus ojos, entró en cólera en su oficina de la dirección departamental cuando supo el robo del carro y lanzó un mensaje contundente: operación candado en Barranquilla con retenes en todas las salidas. Y pensó en suspender a Rodríguez por tres meses sin salario y trasladar a los policías del malecón al más remoto pueblo del Atlántico. Pero había que esperar un poco, se aconsejó él mismo.

Los patrulleros Pedraza y Morales regresaron, se bajaron a toda prisa de la moto como si alguien los persiguiera, se pusieron en posición de firmes ante el capitán Rodríguez y le informaron que el carro estaba en la curva de la avenida, frente a los arbustos de acacias y almendros, cerrado. Había varias curvas y muchos árboles sembrados a lo largo de la avenida, explicaron.

Jorge volvió a nacer, se pasó la mano por la boca como si tuviera que borrar algunas palabras y se secó la frente con un pañuelo como si tuviera que despejar algunas equivocadas suposiciones. Y llamó a Lizzette Margarita.

Carlos sugirió que la celebración fuera en La Cueva, una tienda de barrio donde se reunía Gabriel García Márquez con sus amigos bohemios de Barranquilla en los años cuarenta, hoy convertida en museo-restaurante-bar con orquesta de salsa cubana los fines de semana. Volvió a pagar Carlos. Jorge había dejado otra vez su billetera dentro del carro.

Montreal, 27 de agosto de 2022

  1. excelente.
    Carlitos.
    La próxima vez, dígale que tenía el bolsillo derecho roto y perdió el dinero, que solo de habían sábado dos monedas, que milagrosamente se habían deslizado y habían caído en su zapato derecho.

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