¿Por qué somos así?

Por Carlos Augusto Rojas Castaño

Lo saludé con cortesía.
Buenos días, contestó entre dientes sin levantar su mirada, enfundado en un overol azul desgastado por el paso del tiempo como se desgasta todo en esta vida.

¿Cuánto cuesta la lustrada?, le pregunté.
Tres mil pesos, respondió.

Está bien. Por favor con betún de color miel, le solicité. ¿Tiene betún de ese color?

Sí lo tengo, contestó con una seguridad absoluta.

Me desentendí del asunto mientras leía las noticias del día en el teléfono celular. Cuando la lustrada estaba casi terminada, me dí cuenta de que el hombre había utilizado betún de color café, porque, según él, “es el que mejor le queda a sus zapatos”. La razón verdadera: no tenía betún de color miel.

Le pagué con un billete de cinco mil pesos; me devolvió mil. Faltan mil, le dije cordialmente.
Cuesta cuatro mil, respondió con cierta molestia sin mirarme a los ojos.

Usted me dijo hace unos minutos que cuesta tres mil pesos, repliqué con temor. Negó que lo hubiera dicho. Dejé eso así para evitar una puñalada.

Algo parecido me ocurrió en el aeropuerto de Bogotá. Llevaba un año largo en el exterior, y desconocía la tarifa del servicio de taxi: lo que marque el taxímetro más 4.200 pesos, me informó un amable policía. Era un día entre semana; no aplicaba la tarifa de domingo y días festivos.

Me subí al taxi que estaba de turno, con el chofer vestido de saco y corbata, y su cabello engominado más de la cuenta. Durante el recorrido estuve muy pendiente del taxímetro, y al llegar a mi destino ví que el aparato agregó automáticamente el recargo autorizado al valor acumulado: 38.400 suma total. Pero, afuera, al preguntar cuánto le debía, el taxista me dijo sin siquiera sonrojarse: 38.400 más 4.200 “que es el recargo del servicio desde el aeropuerto”. Le reclamé con temor -el mismo temor que sentí después frente al lustrabotas-. Dijo que ese era el costo. Dejé eso así para evitar un balazo.

Le conté estos casos a una amiga, y aprovechó para soltar uno de su propia cosecha: compró en un semáforo un manojo de mandarinas empacadas en malla plástica: de 10 unidades, 6 salieron dañadas. Después volvió al lugar a hacer el reclamo, pero el vendedor de mandarinas había cambiado de semáforo.

Nada de esto ocurre en países de regiones conquistadas y colonizadas por imperios diferentes a España. En el continente americano, de México para abajo -incluído Brasil, que fue dominado por Portugal-, la cultura de la estafa, de la avivatada y de la consigna de que media humanidad vive de la otra media, parece ser un extraño motivo de orgullo de personas que, aún sin necesidad alguna, incurren en conductas delictuosas: en sólo 10 servicios al día, aquél taxista -propietario de su vehículo, según me contó en el camino- se roba 42.000 pesos, que en un mes equivalen a 1.260.000 -mucho más de lo que ganan veinte millones de trabajadores con salario mínimo-  y en un año 15.120.000 pesos robados a sus clientes.

En Japón, si alguien olvida dinero en un pantalón que deja en la lavandería, al recoger la prenda se lo devuelven completo. Lo mismo ocurre con una billetera o algún objeto de valor tirado en la calle: “Lo que no es mío es de alguien” es el criterio que enseñan en la casa y en el colegio desde la infancia.

Llovía torrencialmente una noche de otoño en Toronto, Canadá. Corría viento y hacía frío. La empresa del Metro puso a disposición de los pasajeros muchas sombrillas para su protección durante el corto recorrido a pie hasta sus casas. Al siguiente día las devolvieron todas.

Bogotá, Colombia.

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