“Que veinte años no es nada”

Por: Carlos Augusto Rojas C.

Desde la planicie de los primeros años de vida, se ve muy lejos el balcón de los sesenta, setenta, ochenta y ni hablar de los noventa.

Va uno por la vida haciéndose el pendejo, como si el tiempo no pasara, muchas veces llevando la contraria a esa misma vida para demostrarle que uno es el que manda, y de repente aparece en la torta de cumpleaños el número 60 o 61 o 62 o algo parecido, dos dígitos que no indican que estamos en la sexta década, como podría pensarse, sino en la séptima. Hagan la cuenta y verán.

Se sube uno a Transmilenio, y cualquier treintañera o cuarentón que estaba sentado en una silla azul, se levanta y la cede porque las de ese color están reservadas para “adulto mayor”. Va uno al banco, y un empleado a punto de jubilación indica la fila preferencial señalizada con la figura de un anciano encorvado apoyándose con un bastón.

Va uno al supermercado, y al acercarse a las cajas de pago lo redirigen con cierta  compasión hacia un letrero contundente: “caja para mujeres embarazadas, discapacitados y adultos mayores”.

Adulto mayor, terrible sentencia; tercera edad, implacable condena. De eso no se escapa nadie, ni hombres ni mujeres, ni siquiera la hermosa Amparo Grizales, quien a sus 69 se da sus mañas para hacer soñar aún a los hombres de todas las edades, incluidos los viejos verdes. Y a algunas mujeres también.

El calificativo de viejo verde conlleva varias injusticias: toda la vida echándoles piropos a las mujeres bellas, jovenes o maduras, que van por ahí mostrando un delicado hombro destapado o una seductora espalda descubierta, y cuando a la edad de 64 echa el mismo piropo a una mujer joven, el pobre hombre enamoradizo se convierte automáticamente en un viejo verde. Pero, si la que echa el ojo a un hombre joven treintañero es una mujer de 65, nadie la acusa de vieja verde.

Por otro lado, si las enfermedades no se desgranan en los cincuenta, es casi seguro que se aparezcan a los sesenta en hombres y mujeres; algunos problemas de salud se presentan de acuerdo con el sexo: tumores en la próstata en nosotros; cáncer de ovarios o de seno en ellas, a manera de ejemplos. En realidad, cuando se llega a los cincuenta todos los días surge un dolor nuevo, y si no surge es porque la persona amaneció muerta.

El objetivo de mi vida es cambiar la visión horrible y decrépita del envejecimiento, y convertirla en algo emocionante. Para eso, considero que los sesenta son la juventud de los ochenta. Y si nos atenemos a uno de mis escritores favoritos, Yuval Noah Harari, quien dice que al final de este siglo y en los siguientes será común ver personas con 150, 200, 300 y más años que no se van a morir ni de viejos por obra y gracia de la inteligencia artificial, los algoritmos, los robots, que enviarán alertas personalizadas de futuras enfermedades para que sean prevenidas con suficiente anticipación, entonces los cien serán la niñez de esas edades posibles en la próxima centuria, la cual a la velocidad en que vuela el tiempo hoy en día está a la vuelta de la esquina.

La gente va a vivir muchos años, dice el brillante historiador y erudito profesor Harari. Superadas las enfermedades, las pestes y las guerras, nadie morirá ni de accidentes de tránsito, que no ocurrirán porque los choferes no serán seres humanos malhumorados, estresados, que salen de la casa llevándose a todo el mundo por delante después de pelear con la mujer o que van atormentados por el pago del crédito bancario, sino algoritmos sin afectaciones emocionales que detendrán el vehículo en el lugar y el momento exactos sin riesgo alguno de choques o de volcamientos en las carreteras.

Y ahí ya habrá perdido validez una estrofa inmortal del tango “Volver” de Carlos Gardel: “Volver con la frente marchita,
las nieves del tiempo platearon mi sien.
Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras te busca y te nombra. Vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez”.

Habrá perdido validez, digo, para abrirle paso a un reguetón, por decir algo, o a una canción vallenata que incluya “…que cien años no es nada, febril la mirada, errante en las sombras…”

Bogotá, Colombia.

  1. Seductor mensaje que alivia la angustia de la espera de los desvatadores años venideros
    Excelente artículo

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    • Cielo leonor armenta quintero 17 julio, 2021, 4:16 pm

      Carlos Augusto, lo que lamento de este bello y reconfortante articulo sobre la tercera edad, es no llegar a disfrutar de esa inteligencia artificial que cuenta el escritor Harari, muy tarde para nosotros, al menos que se adelanten esa aparicion de los algoritmos y robots para que prolonguemos en al menos, 50,60 o 70 años mas nuestra existencia. Me encanto y me hizo soñar este articulo..

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