¡Siete años ya!

Por Carlos Augusto Rojas Castaño

En el séptimo aniversario del fallecimiento del doctor Aníbal Martínez Zuleta -murió el 4 de octubre de 2014- no haré referencia a su destacada trayectoria política ni a su paso por la Cámara de Representantes o por la Contraloría General de la República ni a su recordada y aplaudida gestión como alcalde de Valledupar -cuando el período era de sólo dos años-: de todo eso siempre se habla.

Lo que quiero destacar en esta ocasión es su perfil intelectual, tan meritorio y brillante como su fructífero legado de servidor público que, dicho sea de paso, en sus primeros años se reflejó en la lucha tenaz que dió en alianza con otros dirigentes para la creación del departamento del Cesar.

Me hice anunciar una mañana en su casa del barrio Novalito de Valledupar para saludarlo y entregarle un regalo comprado en Bogotá con el que creí sorprenderlo: la biografía recién publicada de Juan Pablo II. Cuando llegué hasta donde él estaba, ví a su alrededor dos libros en medio de tres revistas y cuatro periódicos del día -El Tiempo, El Espectador, El Heraldo y El Pilón- como cartas de la baraja esparcidas sobre una mesa de juego: eran las lecturas de su jornada matinal; las de la tarde podían ser otras diferentes.

Uno de los dos libros era el de la vida del Papa polaco recién fallecido, cuya lectura ya estaba terminando y sobre el cual hizo un largo comentario que me sirvió de acicate para comenzar a leer el ejemplar que le iba a obsequiar y que por obvias razones se quedó en mis manos.

El doctor Martínez fue un lector incansable, leía de todo: periódicos, revistas, folletos, documentos especializados, libros: cuando salía un nuevo libro, lo encargaba a Bogotá para tenerlo en sus manos recién salido del horno, y lo devoraba como si se tratara del más apetitoso banquete. Y cuando se es buen lector, surge por generación espontánea el deseo de escribir: también fue un buen escritor; escribía de todo: artículos, editoriales para su emisora La Voz del Cañaguate, prólogos que le encargaban sus amigos para publicaciones de ellos, discursos fúnebres, libros. En sus últimos años se había convertido en el prologuista preferido y en el orador principal de los actos culturales relevantes en Valledupar.

Con su esposa, Ana Julia Martínez.

Algunas de sus publicaciones son: “Escolios y Croniquillas del País Vallenato.”, “Monólogos y Diálogos Virtuales Ecológicos”,”La Región Septentrional, eje carbonífero de Colombia. Estrategia para el desarrollo”. Fue también coautor de doce libros sobre control fiscal, como director del Instituto Latinoamericano de Ciencias Fiscales.

Para sus escritos, comentarios radiales, discursos, etc, el doctor Martínez se tomaba el trabajo de consultar libros y diccionarios con el fin de verificar fechas, frases, archivos, documentos, y desempolvaba viejos recortes de periódicos revolcando las nutridas bibliotecas de su oficina y de su residencia, cuyas paredes estaban vestidas con cuadros originales de pintores famosos -entre ellos su cuñado Alvaro Martínez- y con esculturas -recuerdo haber visto un intaglio de Omar Rayo- y fotos familiares y de eventos de gran significación en su periplo vital.

Los eminentes profesores que tuvo en la Universidad Nacional pudieron haber estimulado en el doctor Martínez su vocación natural hacia el conocimiento y el humanismo: en la facultad de derecho impartían clases los doctores Darío Echandía, Antonio Rocha, Alfonso López Michelsen, Carlos Lleras Restrepo y otros personajes de la misma jerarquía.

A propósito de eso, el doctor Martínez también fue profesor cuando ya se había desentendido un poco de la política electoral. Lo fue en la Universidad Popular del Cesar, donde sus clases iban más allá de lo contemplado en el pénsum y se convertían en conferencias magistrales sobre hechos históricos y sobre los grandes temas contemporáneos tanto del ámbito nacional como del escenario mundial.

Inteligente, brillante, recursivo, amante de la lectura, hombre bien informado, cargado de vivencias, analista agudo, pensador profundo, buen escritor, en resumen un intelectual. El doctor Martínez Zuleta fue un intelectual apasionado por el ejercicio de la política desde el flanco liberal cuando ese partido era un auténtico intérprete de los desvelos populares, un líder político muy diferente a la mayoría de los de hoy en día, que se resignan a ser sólo políticos sin interés alguno en la cultura, expertos en improvisar sobre cualquier tema, gente ajena a las librerías, a las bibliotecas, a los recitales de poesía y a las exposiciones de arte.

Como todo intelectual, el doctor Martínez soltaba en cualquier momento finos apuntes. En uno de los primeros viajes que hice a Valledupar en 1996 como miembro del equipo de trabajo de la entonces senadora María Cleofe Martínez, él me invitó a nadar a hora muy temprana en las gélidas aguas de su amado río Guatapurí con esta frase premonitoria: quien se baña en este río se queda para siempre en Valledupar! Y en 2014, unos meses antes de su partida terrenal, me dijo: como usted ya es vallenato por adopción, solo le falta que se declare oriundo de un barrio de la ciudad, ¡y espero que se declare cañaguatero!

Ya van siete años sin “El negro grande del Cañaguate”, un hombre con quien se podía hablar de lo divino y lo humano, de esta vida y la otra, un rasgo inconfundible de su personalidad que un día ya muy lejano no toleró La Purrututú -una señora del municipio de La Paz que tenía una venta de trago en el callejón bautizado con su nombre- quien les ordenó a él y a Crispín Villazón -ambos en plena juventud- que se fueran de su negocio porque estaban hablando de un tal Copérnico, de los astros y de los movimientos de rotación y traslación del planeta Tierra, y “esos eran temas del maligno”. Muy cerca de allí había nacido el 30 de noviembre de 1927, un día luminoso en el pequeño pueblo de Valledupar, departamento de Magdalena.

Bogotá, Colombia.

  1. Excelentre descripcion de un intelectual muy querido, admirado y respetado por los vallenatos.

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