Un libro sobre el primer año de gobierno de Churchill comenzando la Segunda Guerra Mundial 

Por: Carlos Augusto Rojas Castaño

Dos de mis guías en materia de lecturas, Barack Obama y Bill Gates, coincidieron en calificar el libro Esplendor y Vileza de Erik Larson, como uno de los más relevantes de 2020 -el año en que la humanidad tuvo que encerrarse por la pandemia-, cuya primera edición salió en febrero de 2021

El libro cubre un año de la vida de Winston Churchill y su entorno familiar y laboral -sólo un año-: del 10 de mayo de 1940 -cuando asume como Primer Ministro de Gran Bretaña a la edad de 65 años- al 10 de mayo de 1941, doce meses muy difíciles con una impetuosa Alemania que tenía en la mira no sólo a Inglaterra, Escocia e Irlanda sino a todo el imperio británico y después tragarse el resto de Europa y el mundo entero.

Gran Bretaña había declarado la guerra a Alemania en septiembre de 1939 por la invasión Nazi a Polonia, con lo cual los ingleses entraron oficialmente en la Segunda Guerra Mundial. Luego cayeron Holanda, Noruega, Francia -sí, Francia-, y apenas la guerra estaba comenzando. Después de neutralizar a Francia, Hitler inició su campaña contra Londres y otras ciudades inglesas mediante aterradores bombardeos casi todas las noches dejando miles de muertos y mucha destrucción: dolor y caos que podrían erosionar el apoyo popular a Churchill y provocar su renuncia según el cálculo del liderazgo alemán.

Sobre Churchill y sobre las dos guerras mundiales -participó en ambas-, se han escrito cientos de libros que son al final de cuentas miles de páginas de la historia universal en la primera mitad del siglo XX; este libro se concentra en el corto período mencionado, y a la par con los trascendentales hechos históricos que ocurrieron especialmente en Europa trae deliciosas anécdotas de Churchill, de su esposa Clementine, de sus hijas Mary y Sarah, de su hijo Randolph, de su nuera, de su equipo de trabajo en el cual sus secretarios privados y mecanógrafas jugaron roles extraordinarios: pequeñas dosis de la historia menuda aparentemente irrelevante que de una forma u otra descubren rasgos de la personalidad y del carácter de cualquier gobernante.

Churchill se daba dos baños todos los días sin importar dónde estuviera, en veranos ardientes o en inviernos inclementes. Era hombre de armas tomar: uno de los primeros actos de gobierno consistió en designarse a sí mismo como ministro de Defensa, un cargo inexistente hasta ese momento. Estaba convencido de que Hitler quería matarlo con la expectativa de que su sucesor estaría dispuesto a negociar: pidió mantener una ametralladora lista en su vehículo porque si los alemanes iban por él, se llevaría consigo a la tumba a tantos como pudiera.

Trabajador incansable, Churchill iba siempre acompañado en el asiento de atrás de su vehículo por una mecanógrafa. También dictaba cartas, órdenes y memorandos desde su cama a primera hora del día e inclusive en el baño mientras se afeitaba, sin importar que fuera un fin de semana, navidad o año nuevo.

Primero él, sin duda alguna. En una ocasión la familia había unido dos motivos para celebrar simultáneamente: el bautizo de uno de los nietos -con el nombre de Winston- y el cumpleaños 66 de Churchill. Llegado el momento del brindis por el niño, el cumplimentado se levantó y dijo: “Dado que es mi cumpleaños, voy a pedirles que primero hagan el brindis por mi salud”. Así era Simòn Bolívar: si en una reunión estaba pasando desapercibido, se hacía sentir de alguna forma sin descartar un grito.

Estados Unidos estaba renuente a entrar a la guerra, pero con el ataque a la base naval norteamericana Pearl Harbour en Hawai en diciembre de 1941, Japón le dió a Roosevelt -recién reelegido para un tercer período en la Casa Blanca- el motivo para abandonar la neutralidad. Churchill deseaba con fervor esa participación porque se estaba viendo a gatas para contener a Hitler en Europa, norte de África y Asia: necesitaba un poderoso aliado.

Sin que nadie lo invitara, Churchill y una numerosa comitiva partieron hacia Washington para reunirse con Roosevelt y coordinar la estrategia de guerra, que de ahora en adelante sería otro cuento. Se alojó en la Casa Blanca. La primera noche allí alguien llamó a su puerta. Siguiendo la instrucción de Churchill, un ayudante fue a abrir y se encontró con el presidente gringo en su silla de ruedas, quien al mirar al interior de la habitación cambió la expresión de la cara: Winston Churchill estaba completamente desnudo, con una copa en una mano y un tabaco en la otra -copa y puro que no le faltaron nunca-.

El presidente intentó devolverse. “Entre Franklin”, dijo Churchill. “Estamos solos”. El presidente entró. “Ya ve, señor presidente”, dijo el primer ministro inglés, “no tengo nada que ocultar”. Y se echó una toalla al hombro. Hablaron durante una hora en esas condiciones, previamente a la recepción oficial, con la vestimenta apropiada, por supuesto.

Este libro Esplendor y Vileza es una enriquecedora cátedra enfocada con rigor académico en los primeros 365 días de Churchill en el número 10 de Downing Street, -la sede del gobierno de Gran Bretaña-. Y es un apetitoso postre de historia menuda, del cual ofrezco en este artículo algunas pruebitas de su exquisito sabor.

Bogotá, Colombia.

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